Categorías
Revista Olímpica

Hace 40 años, Alonso Zapata, primer Gran Maestro Internacional de Colombia I

En 1984, el risaraldense Alonso Zapata Ramírez, de 26 años, se convirtió en el primer Gran Maestro Internacional del Ajedrez colombiano. Después vendrían ocho GMI colombianos más, impulsados por la hazaña de Zapata. Recordamos este suceso, a través de la vida de quien se convirtió en una de las figuras del ajedrez mundial.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director Revista Olímpica y Presidente Academia Olímpica Colombiana

La única vez que el comandante de la policía de Marquetalia, Caldas, se distrajo en el cumplimiento de sus tareas, para acabar con el Indio Alejandrino, uno de los más crueles bandoleros de los años 40 del siglo pasado, fue para mirar a una jovencita que lo cautivó con su belleza y su simpatía. Néstor Zapata López, como se llamaba el oficial, sabía que no  podía perder de vista su objetivo de neutralizar al criminal, so pena de perder hasta la vida, pero se dio sus mañas para conocer, enamorar y proponerle matrimonio a Alicia Ramírez. Tres promesas le hizo: acabaría con el Indio, se casaría con ella, formarían una familia con varios hijos, se retiraría de la Policía y disfrutaría ese nuevo. Todas estas metas las cumplió, menos la última.

Ocho meses después acabó con el bandolero y se casó con Alicia, y al año siguiente empezaron a llegar sus hijos, los tres primeros nacidos un 31 de diciembre: Amparo, en el de 1941, y las mellizas Fanny y Nora, en el de 1945. Los demás llegaron: en el 48, Jairo; en el 50, Gustavo; en el 55, Fernando y en el 58, el último, Alonso, quien a se convertiría en el mayor orgullo de la familia, porque sería el primer Gran Maestro Internacional de Ajedrez de Colombia.

Entonces determinó cumplir con su último sueño,el de disfrutar la vida con su familia. Ilusionado montó un granero en el centro de Pereira y decidió vivir para sus hijos el resto de sus días. La felicidad de este sueño duró poco, porque a los 11 meses de haber nacido Alonso, en una triste medianoche, Néstor murió a causa de una trombosis, cuando apenas había pasado el tope de los 40 años. 

Los extraños gustos de un niño

Doña Alicia asumió el mando de la casa, con la ilusión de cumplir el anhelo de su marido. Los hijos empezaron a crecer dentro de un ambiente normal. Todos compartían los juegos de niños, todos, menos el menor, Alonso, quien demostró unos gustos extraños para su edad, porque le encantaba ver jugar ajedrez a los mayores y se ensimismaba con la lectura de textos sobre astronomía, temas que por su complejidad están reservados a los adultos. 

A los seis años, Alonso era capaz de mover las fichas sin equivocarse. Un año después empezó a ganarles a los amigos de sus hermanos y a los ajedrecistas de la cuadra, de un barrio sin nombre, en el centro de Pereira, junto al Polideportivo.

Mientras alternaba sus aficiones por el ajedrez y la astronomía, con el estudio y el baloncesto, en el colegio Atanasio Girardot, arrumados en un rincón de su habitación quedaban cometas, balones, juegos de bolos, triciclos y todo cuanto no tuviera nada que ver con el juego ciencia.

Por las noches, una vez todas las luces de la casa se apagaban una se encendía: era la de la habitación del menor, que a hurtadilla se levantaba para sentarse frente al tablero de ajedrez, con cuanto libro poseía, a desarrollar problemas tras problema.

Era tal su obsesión, que dice que “estudiaba el ajedrez y practicaba la primaria”.

Tenía casi 10 años y ya obraba como un experto. Perdía una partida y se llevaba las anotaciones a la casa para estudiar la razón de la derrota; y no solamente sorprendía a los amigos de sus hermanos, un poco mayores que él, y después a adultos, quienes en sy mayoría no aceptaban la derrota y concluían que el resultado no era producto de una gran calidad del pequeño, sino de un mal día de ellos.

Cuando Alonso alistaba sus útiles para partir hacia el colegio antes de los textos de estudio sacaba de la mesita de noche un libro que por las noches le servía, tanto para dormir como para desvelarse: 1.000 y un sacrificios y combinaciones, del estadounidense Fred Reinfeld, que traía diagramas y problemas que él resolvía con facilidad.

Alonso empezó a frecuentar el restaurante Don Pepe, de Pereira, y los salones de la Liga Risaraldense de Ajedrez, para ver a los consagrados del momento entre quienes estaba el número uno del departamento, el arquitecto Hernán Ramírez Villegas -con suyo nombre se bautizaría el estadio de la Perla del Otún– de quien se convirtió rápidamente en su mejor hincha; al poco tiempo se invertirían los factores, y Ramírez sería fanático de Zapata, además de su apoderado en el ajedrez.

A los 14 años, Alonso probó por primera vez en un torneo oficial, el campeonato municipal juvenil de Pereira, para el cual era favorito indiscutible Jorge García.

Alonso le ganó y se llevó el título, por delante de jugadores hasta de 19 años

El talento estaba ahí frente a los ojos extasiados de los amantes del ajedrez, pero debió forjarse a pulso, estudiando con los escasos textos que existían en Pereira, la gran mayoría prestados por jugadores adultos; además tenía que dividir el tiempo del juego ciencia, con las obligaciones en el colegio. 

Las desventajas de ser impulsivo

Por lo joven, Alonso era impulsivo y quería terminar rápido cada partida. Ese factor lo perjudicó en el primer campeonato nacional de mayores, al cual asistió, el de Pasto, en 1972. Vio pasar por sobre él a jugadores ya conocidos como Gildardo García, Raúl Henao, Antonio Agudelo y Jorge González, y terminó en la mitad de la tabla.

No fue desilusionante de todo, pero pensó que tenía mucho que aprender especialmente en relación con las aperturas, a las cuales aún no les había dado la  verdadera importancia.

El Maestro Internacional Boris de Greiff, quien asistió como analista de ese nacional escribió en el tiempo unas líneas dedicadas a los jugadores que más le habían impresionado. Habló de Gildardo, de Arley Rojas y de Alonso Zapata, a quien le aseguró días de gloria en el futuro, por su sangre fría y capacidad para enredar a jugadores superiores a él.

Alonso retornó a la academia, al restaurante, a la liga y a su minibiblioteca particular, con la intención de corregir las fallas cometidas en el Nacional. Ya en Pereira era reconocido como uno de los jugadores fuertes en la categoría de mayores, juicio que refrendó en el Municipal de finales del 73, en el cual terminó tercero y alcanzó la clasificación para el zonal nacional.

Para llegar al título nacional juvenil debieron pasar tres años de constante lucha, por lo general ante los mismos rivales de Pasto. En el 74 fue séptimo, en el 75, tercero, y en el 76, segundo. Se acercaba a la culminación del sueño de ser campeón nacional.

La tragedia del ping pong ajedrecístico

A finales de 1974 se celebraron en Pereira los Juegos Atléticos Nacionales, y Hernán Ramírez Villegas formó parte del comité organizador -y, además, diseñó el estadio-; decidio dejar transitoriamente el tablero de ajedrez para dedicarse por entero a tal realización.

Pero una vez concluidos los juegos volvió  a sus andanzas en los salones acostumbrados, con el mismo entusiasmo de antes.

Un día de enero de 1975 llegó a la liga, con la intención de jugar con Alonso, al estilo denominado ping pong, es decir, partidas rápidas de cinco minutos de duración cada una. Casi todas las ganó Alonso, quien en ese momento era su alumno. Hernán Ramírez salió disgustado de la academia rumbo a la casa. Dos horas después sufrió un infarto y murió.

Repuesto del impacto de la muerte de quien había sido su mejor apoyo en Pereira, Alonso volvió al ajedrez con mayor entusiasmo, pensando que los consejos de su amigo desaparecido tendrían que surtir efecto, y que debía defender el compromiso adquirido con él de ser figura en el ajedrez.

Sus hermanos mayores terminaron el bachillerato en 1974 y viajaron a Bogotá, para iniciar estudios superiores. Alonso decidió convencer a su mamá para que se fueran a vvir a Bogotá, porque acariciaba la esperanza de encontrar un ambiente diferente, unos rivales más calificados y mejores textos de estudio del ajedrez. Con esa ilusión, en el mismo mes de enero de 1975 llegó Alonso Zapata a la helada capital colombiana.

Un salto demasiado brusco

Por la premura del tiempo debió matricularse para el quinto de bachillerato, en el Colegio Cooperativo de Cundinamarca, en el Barrio Santa Isabel, al sur de la ciudad; de ahí salía por la tarde para dirigirse a la sala de la Liga Bogotana de Ajedrez.

Cuando se había ambientado al mundo ajedrecístico de la capital comprendió cuánto tiempo había dejado de ganar en Pereira, por la carencia de facilidades, y recordaba por libros nuevos que leyó, que muchos niños como él habían alcanzado a los 10 años lo que él logró a los 15.

La prueba más grande la tuvo cuando ese mismo año, luego de varios torneos pasó de la tercera a la primera categoría, un salto demasiado brusco para el medio nuestro. Era, con 15 años, el jugador de mayores más joven del ajedrez colombiano, circunstancia que lo hacía sentir como lo que realmente era: una auténtica revelación.

De ser un desconocido para Bogotá pasó a ser el campeón distrital juvenil y comandó el equipo capitalino al torneo Nacional de Mayores, celebrado en Cúcuta, en donde terminó segundo, detrás del antioqueño Raúl Henao.

Una labor de concientización

Alonso Zapata agotó ese período de un año sin impacientarse, porque no podía ganarles a los mejores del país, particularmente a algún maestro internacional.

En el colegio empezó a dar simultáneas en las semanas culturales y a concientizar a sus compañeros de que el ajedrez no era como el parqués, el dominó o las damas chinas, sino que se trataba de toda una ciencia intelectual digna de respeto.

Lo que iba a ser a finales de 1975 su primer triunfo sobre un Maestro Internacional se frustró, por razones que Alonso no conoció nunca porque su oponente se llevó el secreto a la tumba. Jugaba una partida con el Maestro Internacional Luis Augusto Sánchez, y tenía una posición de triunfo indiscutible.  El honor del experimentado jugador salió a flote y ante la inminencia de la derrota se sintió enfermo y pidió la postergación de la partida, que nunca se reanudó. Años después cuenta Zapata, que a una pregunta que le hizo, sobre este aspecto, Sánchez la respondió con una ligera sonrisa.

Su primera hazaña de dimensiones la consiguió en el ya desaparecido torneo Santa Fe de Bogotá, en 1976, al enfrentar y vencer al Gran Maestro Internacional Predrag Ostojic, de Yugoslavia, como parte de su producido hacia la conquista del título.

Con ese antecedente, en el 76 se propuso obtener aquello que en tanto tiempo le había sido esquivo: el título nacional juvenil, en el torneo celebrado en Ibagué, a donde lo acompañó toda la familia .

Ganó, y su título le valió la clasificación para el campeonato mundial juvenil, que tendria lugar en Groninga, Holanda.

Un enruanado en Holanda

A la sede del Mundial fue enviado solo, es decir, joven e inexperto, tendría que desenvolverse en un ambiente completamente diferente, en idioma y costumbres.

La mamá, acuciosa en los asuntos de su hijo menor, el Contemplado como lo llamaba, le arregló dos inmensas maletas con toda su ropa, para que se protegiera del invierno que en ese momento azotaba a Holanda.

Alonso, un muchachito de 18 años, que apenas conocía la turbulenta zona de las flotas en Bogotá, llegó al aeropuerto de Ámsterdam, y para salir tuvo en cuenta algunas señas dadas por personas que conocían el lugar, hasta llegar al hotel. 

Al otro día desempacó las maletas y entre las prendas se encontró una ruana que su mamá le había metido, preocupada por el intenso frío que su hijo debería aguantar.

Sin ningún prejuicio, Alonso se plantó la ruana y se dirigió al elegante salón destinado a la inauguración. Desde ese momento el extraño atuendo se convirtió en la sensación del torneo; todos preguntaban detalles de la llamada ruana y querían comprársela.

El nivel del torneo fue demasiado alto para él, porque se enfrentó a grandes jugadores, como los soviéticos, quienes aún en la categoría juvenil son genios de la talla de los mejores mayores del mundo. Las diferencias en relación con los rivales eran inmensas. Mientras él iba totalmente solo, cada rival contaba con un analista que, por lo general, era un Gran Maestro Internacional.

Al final obtuvo el 50 por ciento de los puntos y terminó en la posición 30, la segunda mejor de un colombiano en la historia de los mundiales juveniles, luego de la décima de Óscar Castro, dos años antes.

El regreso sólo tuvo una dificultad: le habían dado un pasaje de excursión con la intención de economizar. Tuvo que esperar algunos días, hasta que los excursionistas con quienes supuestamente había hecho una gira de placer, pasaran de nuevo por Ámsterdam, rumbo a Bogotá.

Con esa experiencia del primer torneo, Alonso quería volver al año siguiente, para probar de nuevo, pero antes debía ratificar el título nacional juvenil, meta que consiguió en Sogamoso, Boyacá.

Como antesala al mundial del 77 hizo su estreno en el Nacional de Mayores y terminó tercero; fue sexto, además, en el Santa Fe de Bogotá, durante el cual consiguió una victoria fulminante sobre el gran maestro argentino Oscar Pano.

Próxima edición, 22 de octubre: Alonso Zapata, subcampeón mundial juvenil, Maestro Internacional, Gran Maestro e instructor reconocido en el mundo.