La patinadora Gabriela Rueda, una de las figuras de Colombia en Ayacucho 2024, fue protagonista de una historia de amor y dolor: poco antes de viajar a Lima, Perú, falleció en Bogotá su padre, Andelfo Rueda Guargati. Ella asistió a las honras fúnebres y viajó al Perú, y ese mismo día logró la primera de dos medallas de oro conquistadas, en los Juegos Bolivarianos.
Por Herich Frasser
Director de Prensa de Fedepatín
En la pista de Cabo Verde, como una alquimista, Gabriela Isabel Rueda transformó sus lágrimas en dos valiosas medallas de oro, un brillo que ocultó su inmenso dolor y que iluminó el cielo, desde donde su señor padre, Ándelo Rueda Guargati, la acompaña ahora.

Esta es una historia del significado del verdadero amor que une a un padre con su hija. Y para Gabriela Isabel Rueda, estas preseas doradas conseguidas en los Juegos Bolivarianos del Bicentenario de Ayacucho 2024 superan todos los valiosos títulos en su carrera deportiva del patinaje de velocidad: campeona olímpica de la juventud, trece veces campeona mundial, y las medallas de oro en los Juegos Bolivarianos, Juegos Panamericanos, Juegos Suramericanos y Juegos Panamericanos Júnior.
Gabriela, a pocas horas de viajar a Lima, Perú, para afrontar su compromiso con los Juegos Bolivarianos del Bicentenario, recibió la lamentable noticia del fallecimiento de su papá, y con el coraje y la valentía que siempre acompañan a esta pequeña guerrera, pero siempre grande en las pistas del mundo, transformó ese dolor en algo que siempre alegraba a don Andelfo: verla correr y triunfar sobre sus patines.

La “gaviota”, como la conocen por el vuelo que siempre levanta al competir, asistió al sepelio de su padre y viajó de inmediato a tierra peruana. Llegó a las 2:00 de la mañana y, doce horas después, sin entrenar y con el cansancio que deja el viaje y el dolor de la partida de su ser querido, a las 2:00 de la tarde se embarcó en su primer objetivo: ganar la prueba de los 1.000 metros sprint.
Todo su equipo trabajó en la misma meta, verla cruzar primero, y como lo hizo, levantar sus manos a lo alto y ofrecer con un beso ese triunfo a quien ahora la acompaña desde lo más alto. Y esas lágrimas que soltó al subir al podio se fueron transformando en el oro que colgó en su pecho.

Al siguiente día, en los 10.000 metros eliminación, de nuevo Gabriela repetiría su hazaña; olvidando el dolor de su alma y de su cuerpo, ganó su segunda presea dorada en los Juegos Bolivarianos del Bicentenario, medallas que se suman a su larga lista de triunfos, pero que ocuparán un lugar muy especial en su corazón y recuerdo: dos oros en homenaje a su señor padre, don Andelfo Rueda Guargati.





























