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Revista Olímpica

La primera bicicleta “niña”, para el niño Efraín

Uno de los mejores trabajos periodísticos sobre la vida de Efraín Forero Triviño, la escribió, en julio de 1956 el nadaísta Germán Pinzón, en la revista Sucesos. Este es su texto.

«Estaban ahí don Argemiro, con su nervioso silencio. Doña Sara, caída en la lastimada dejadez de quien ha sentido dolorosamente descuajarse un íntimo y privado trozo de sí misma. Y por último, ella misma: doña Josefa.

«Cortó limpiamente el cordón umbilical. Fue necesario también la leve y afectuosa palmada para destaparle la boca y abrirle paso a la primera bocanada de aire. Y una vez bañados, aceitados y liados entre pañales y bayetas, doña Josefa expulsó un suspiro profundo y se volvió para examinar esos cuatro kilos de carne viva y gritona que se debatían perneando y chillando puntudos vagidos.

«Había ayudado al tercer hijo de los esposos Forero Triviño a meterse al mundo grande desde el pequeño submundo de la madre. Al filo de la media noche de aquel 4 de marzo de 1930, fue urgida por el llamado de don Argemiro. Su mujer apuraba los dolores. Llegó a la casa -al frente de la cárcel de Zipaquirá- y allí, como lo había hecho con Blanca y Argemiro, los dos mayores, puso sobre la tierra a Efraín Forero, El Indomable Zipa, sin siquiera sospechar quién sería, un cuarto de siglo después, ese chiquillo delgaducho y dudoso del que en ese momento se sentía un poquito mamá.

«Doña Josefa, que sabía muy bien poner inyecciones y tener hijos ajenos, siguió viniendo periódicamente a descubrir la cara a los nuevos e inagotables retoños del matrimonio Forero. Cundía el apellido, hasta completar la lista actual de nueve hijos, acogidos en su mayoría por las manos de doña Josefa, primer contacto humano que experimentaron en la vida. Después de Blanca, Argemiro y Efraín, aparecieron Gloria, Yolanda, Marina, Antonio María, Ana Helena y Hugo Enrique, el último de los cuales contabilizará apenas doce o trece años. Entre tanto, Efraín acumulaba centímetros sobre sus pies y problemas menudos sobre sus padres.

«Muchos años, la mitad de su vida, ejerciendo la profesión de farmacéutico y leyendo infatigablemente, don Argemiro Forero tiene una quejumbre habitual que a la larga ha perdido su fuerza y, de las inflexiones resignadas en su voz, ha pasado al tono intencionado de la observación humorística:

«-¡Ah, yo que fui tan estudioso, y estos muchachos que no quieren aprender nada! Deben haber salido a la mamá…

«Siete años usó Efraín Forero en los cinco señalados para los estudios de primaria. Y los juzgó suficientes. Nunca fue lo que los maestros denominan ‘un niño aplicado’ ¡O estudia o trabaja! espetó un día don Argemiro, como drástico ultimátum. Entonces Efraín se puso a aprender taquigrafía, oficio que desempeñó aquí en Bogotá, cuando el jefe de la familia viajó con todos para establecerse en la capital, logrando como resultado la quiebra económica.

«Para entonces, Efraín sólo sabía montar en triciclo. Ah: y en patineta. La patineta lo atraía vigorosa y particularmente. Al paso del tiempo se le deshizo entre las manos. Optó ahora por el triciclo, y andaba por entre las atemorizadas piernas de los mayores, anarquista y peligrosamente como un ´buscaniguas´. Le habían nacido las ruedas.

Foto: Banrep.

«Por la tarde tomaba el camino de las salinas, y en aquellos terrenos pulcramente asfaltados, don Argemiro renovaba diariamente, con paciencia apostólica, sus esfuerzos por enseñar a Efraín y a Argemiro Junior, a montar en bicicleta. Había comprado una pequeña máquina, una bicicleta niña para niños, con anchas ruedas y espejeante pintura. Chiquitica y hermosa como un bebé de bicicleta. A comienzo, el alboroto feliz de la chiquillería dio pruebas fehacientes y escandalosas de su satisfacción. Pero, poquito a poco, fue mermándose al entusiasmo, y cada tarde la actitud de los chicos acusaba un cambio visible. Don Argemiro fue comprendiendo que aquellas prácticas ciclísticas estaban adquiriendo para los pequeños, casi la misma significación fastidiosa y ardua de las lecciones escolares. Sus hijos no aprenderían nunca a montar en bicicleta.

«Ya en los últimos intentones trató de animar a Efraín dando personalmente el ejemplo. Subía al aparato y, con la mandíbula entre las rodillas, pedaleaba y se ufanaba en demostraciones de equilibrio. Pero su integridad física empezó a sufrir por esto. Ante su perplejo público infantil, que no entendía ni aprobaba semejantes payasadas, se iba de bruces, se aporreaba espectacularmente, pirueteaba con angustia en las volteretas de las caídas irremisibles, y se replegaba en sí mismo, retirándose al último rincón de su personalidad, avergonzado y tímido frente a las miradas condenatorias de su gente menuda.

«Arrojó furioso la bicicleta cualquier día. Renunció. Se declaró vencido. Sus hijos no aprenderían nunca a montar en bicicleta. Efraín Forero no aprendería nunca a montar en bicicleta. En cuanto a su triciclo quedó confundido entre los trastos inútiles, hasta que se le encontró un objetivo que disculpase honestamente su presencia: servir de dormitorio a la lora de su casa. Fue colgado de un gancho, como los esqueletos para los estudiantes de medicina. El triciclo muerto fue guindado ahí. La lora se encarama en él y lo ensucia con toda naturalidad. Pero ahora, cuando el juguete rodante principia a parecer un árbol con la hoja verde de la lora arriba, ha comenzado también a ser una especie de símbolo o trofeo. Va con la familia a todas partes y ya no lo abandonarán jamás. El mismo pájaro ha captado la calidad especial de su horqueta metálica, porque hoy, después de treparse en ella como a una tribuna, tras aplaudir con las alas y escudriñar gravemente con sus pupilas redoradas y globulosas, grita estentóreamente:

-¡Viva Efraín Forero! ¡Viva el Indomable Zipa…!

«Fue inevitable. Efraín, finalmente, tuvo que rendirse a la bicicleta. La aceptó con un breve sentimiento afectuoso, porque le aliviaba en su incipiente y caminante trabajo de cartero. Lentamente fue acercándosele, descubriéndole las ventajas, domesticándola, hasta que los dos integraron una unidad indespegable e, incluso, solidaria. Es muy posible que la bicicleta aprendiese también a encariñarse con Efraín. Conocimos a Forero en esa época, en Zipaquirá, como apasionados lectores que éramos de una novela distribuida en folletos y por entregas, y cuyo contenido, al que recordamos vagamente lleno de héroes de capa y espada, con Luis XV, adulterios y Madame Pompadour presidiéndolo todo sobre el poético y sospechoso fondo versallesco, se franqueaba a gritos en el título truculento.

«Así veíamos a Efraín, desmesurado, tímido, embutido en un mutismo que parecía defensivo. Y nos acostumbramos a la idea de un Efraín ecuestre que no andaba sobre los pies como todos los mortales, sino sobre un par de veloces y extraordinarias ruedas.

«Tal vez ya Efraín Forero estaba soñando -a esa edad púber todos lo hacen- con ser torero.

«Pero parece que un porrazo propinado por un cebú terminó el ensayo de Forero como toreador de pueblos y, de paso, le ahorró ese viacrucis jalonado de días hambrientos y noches al descampado, vivido secretamente, como los sacrificios a los que obliga una devoción, para los humildes y heroicos matadores de las ferias y fiestas pueblerinas.

«Ahora, otra vez ante el astado. Sólo que con un cartel multitudinario, obtenido no en los circos de toros, sino en las carreteras. No con el frío terror de los sábados por la noche y de los ´cinco minutos para las tres´, sino con el esfuerzo muscular y el otro terror, el terror de perder a través de horas y horas sobre una bicicleta».

Foto portada: Infobae.