Los atletas que tienen claro el “Espíritu Olímpico” reconocen al competidor como su adversario y no como su enemigo, porque sin él o ella, no sería posible alcanzar la victoria. A ese competidor le deben todo reconocimiento y respeto y le ofrecen su amistad, porque durante muchos años se acompañarán sobre la arena olímpica.
Por Clemencia Anaya Maya
Vicepresidenta de la Academia Olímpica Colombiana, AOC.
Este año Pre-Olímpico ha empezado muy agitado con diferentes noticias que estremecen al mundo. La guerra contra Ucrania ha mostrado a una Rusia capaz de destruir pueblos y seres humanos, con el objetivo de doblegar al país y someterlo a su régimen político con la idea de “desmilitarizar y desnazificar el país”. Los atletas olímpicos han sido llamados a filas para cumplir con el deber que demanda la patria y existe una situación que afecta a la comunidad olímpica: “Un dato estremece: ya hay 220 deportistas y entrenadores ucranianos muertos en combate o en bombardeos durante la guerra” …[1]
El Movimiento Olímpico y la filosofía del olimpismo instan a la comunidad olímpica a dar ejemplo, por ser parte de una extraordinaria organización en la cual el respeto por la vida hace parte de su filosofía y la paz en el mundo es uno de sus más loables objetivos.
Por lo anterior hemos decidido que las palabras a estudiar en esta segunda publicación de 2023 es “Espíritu Olímpico”, un tesoro exclusivo del olimpismo, que debe ser salvaguardado por sus profundas raíces en los orígenes de los Festivales Olímpicos, tres mil años atrás.

Espíritu Olímpico
Hoy en día hablaríamos del “Espíritu Olímpico”, esa actitud mediante la cual demostramos algo tan subjetivo e inmaterial que está representado en la alegría por el esfuerzo, en la entrega denodada y permanente, que fortalecida con la mística, se ve complementada con principios morales y patrióticos, que hacen de un deportista un modelo realmente a imitar por quienes lo rodean y admiran, para llegar, incluso, a colocarlos en posición de ídolos, cosa que los acerca a lo divino, que en otras culturas y en otros tiempos fueron observadas.
El origen del “Espíritu Olímpico” nos regresa a la arena sobre el Estadio de Olimpia. Allí llegaban los mejores atletas para entregarse con honor para dar lo mejor de sí mismos en representación de su pueblo.
Mi gratitud a la época del Renacimiento, que se esforzó por recuperar las actividades culturales y artísticas refundidas para la sociedad de la época, que definitivamente contribuyeron al rescate del humanismo, pero también, mi desolación, porque la actividad atlética tan solo se recuperaría siglos después. Aunque la esperanza y la emoción volvió con la restauración de los Juegos Olímpicos en el siglo XIX, hoy debemos rescatar el “Espíritu Olímpico”, como uno de los elementos más relevantes del Olimpismo contemporáneo.
Es realmente satisfactorio cuando realizamos ejercicios a través de cualquier disciplina deportiva y a través de ellos, si a lugar la competencia o el relajado intercambio, sentimos esa unión entre el cuerpo y el espíritu, que nos emociona y nos da alegría tras el esfuerzo, proporcionándonos esa tranquilidad al final de nuestra práctica. En realidad lo que sentimos es la fusión del cuerpo humano permitiendo un equilibrio que nos proporciona serenidad y paz de espíritu.
Hoy decimos que los atletas compiten en los Juegos Olímpicos por la bandera de su país, y la Carta Olímpica (Capitulo 1, numeral 6) nos recuerda que estas competencias no son contra países, sino entre atletas. “Los Juegos Olímpicos son competiciones entre atletas, en pruebas individuales o por equipos, y no entre países. Reúnen a atletas seleccionados por sus respectivos CON, cuyas inscripciones han sido aceptadas por el COI. Los atletas compiten bajo la dirección técnica de las FI correspondientes”.
Así las cosas, el “Espíritu Olímpico” de amistad, respeto y búsqueda de la excelencia, encarnado en los atletas que compiten en los Juegos Olímpicos son admirables como buen ejemplo y demostración de juego limpio, en todos los ambientes del exigente nivel de la gran fiesta cuatrienal del deporte.
Cuando los atletas entraban al Estadio en Olimpia, el público los ovacionaba emocionado al reconocer la gran expectativa de conocer a los mejores. En su análisis sobre el “Espíritu Olímpico”, Coubertín, con admiración hacia las actividades de los griegos en el gimnasio y el estadio, nos dice en su discurso a los atenienses (16 de noviembre de 1894): “Por regla general, vuestros ancestros no conocieron ni las extravagancias del adolescente, ni las displicencias del anciano; la ciencia de vivir estaba entonces en su apogeo, y de ella se derivaba con toda naturalidad la ciencia de morir: se sabía vivir sin miedo y morir sin pena, por una ciudad inmutable y una religión indiscutida, cosa que, lamentablemente, hoy desconocemos”. Y continúa. “El germen de la decadencia se deslizó después en una existencia tan sana, el mismo que si no tenemos cuidado arruinará nuestras nacientes esperanzas: el dinero. El atleta de Olimpia estaba, sin duda, resguardado hasta cierto punto por el carácter sagrado de los ejercicios a los que se entregaba, y la corona de olivo salvaje en su cabeza victoriosa era el emblema del desinterés y del espíritu caballeresco”.

Para entender la dimensión del Espíritu Olímpico debemos recordar que el atleta que iba a Olimpia cada 50 lunas llenas a dar lo mejor de sí mismo, tanto en el gimnasio como en el estadio, prácticamente se purificaba antes de competir, para ser digno de semejante responsabilidad. Cualquier comportamiento irrespetuoso e incluso cualquier deterioro de su cuerpo era un impedimento; la perfección debía ser vista primero ante los ojos de los jueces y luego admirada por los asistentes. Prevalecía en ellos el honor de luchar y competir sobre la arena olímpica y el anhelo de alcanzar la gloria al ser coronado para dar alegría a su pueblo y dejar una huella en la historia, todo ello en equilibrio mente, cuerpo y espíritu.
Hoy debemos retomar el valor del “Espíritu Olímpico” sobre la formación técnica de ese ser que llamamos atleta (competidor de nivel olímpico en cualquier disciplina deportiva) o joven deportista hombre o mujer. La constante exposición a la comercialización, la exigencia competitiva y las necesidades económicas de muchos de ellos, hacen en cierta forma desviar o esconder el valor que tiene para el ser humano aquellos que los griegos denominaron “Kalokagacia”[2] y de la cual nos habla Platón en su libro La República.
Todos los deportistas en formación y atletas de alta competencia deberían reflexionar sobre el valor de la vida, el respeto del cuerpo y el valor del adversario para alcanzar el éxito. Los atletas que tienen claro el “Espíritu Olímpico” reconocen al competidor como su adversario y no como su enemigo, porque sin él o ella, no sería posible alcanzar la victoria. A ese competidor le deben todo reconocimiento y respeto y le ofrecen su amistad, porque durante muchos años se acompañarán sobre la arena olímpica.
El “Espíritu Olímpico” es un código de comportamiento dentro y fuera del campo de juego con el que los atletas, hombres y mujeres se distinguen por honrar el Movimiento Olímpico y la filosofía del Olimpismo.
Bibliografía
Carta Olímpica 2021. Comité Olímpico Internacional
Coubertin, P. Olimpismo – Selección de Textos. Comité Olímpico Internacional.
[1] https://www.clarin.com/deportes/dolor-guerra-quince-historias-atletas-ucranianos-muertos-rusia-bombardeos-batallas_0_hlC6w6mRuH.html
[2] Kalokagacia, el equilibrio entre lo bello y lo bueno





























