Pisar el sitio arqueológico de Olimpia es conectarse en directo con los dioses, es sentir su energía evocadora de la excelencia humana, es entender cómo la cultura helénica logró una dimensión humana fundamentando sus valores en el esfuerzo físico, en el respeto por el cuerpo, en el cultivo de la fuerza física y la fortaleza espiritual, para dar lo mejor de sí hasta el último de sus días. Segunda parte de las impresiones que me dejó una nueva visita a Olimpia, el pasado mes de julio, con ocasión de la 16a. Sesión de Academias Olímpicas Nacionales.
Por Clemencia Anaya Maya
Vicepresidenta Academia Olímpica Colombiana
Atravesar el atlántico para llegar a la península ibérica y luego avanzar hacia Grecia es solo el inicio de un viaje mágico, que prolonga la ansiedad al pisar Atenas. Pernoctar allí es mandatorio; el cuerpo no da para tanto, en el intento de llegar al Santuario de Olimpia.
Temprano en la mañana, tras el desayuno, el viaje sigue por tierra vía Corinto y alcanzan a ser 350 km. los que se recorren en cuatro horas y media. Siempre les digo a mis estudiantes que, si están inmersos en el deporte, deben ir hasta el Santuario de Olimpia, para entender por qué el deporte ha sido tan valioso para la humanidad.
Pisar el sitio arqueológico de Olimpia es conectarse en directo con los dioses, es sentir su energía evocadora de la excelencia humana, es entender cómo la cultura helénica logró una dimensión humana fundamentando sus valores en el esfuerzo físico, en el respeto por el cuerpo, en el cultivo de la fuerza física y la fortaleza espiritual, para dar lo mejor de sí hasta el último de sus días.

En días pasados tuve el honor de llegar hasta allí, al lugar de mis sueños Olímpicos, y al sentir el calor del fuerte verano y percibir el espacio denso sin corrientes de aire, estático y exigente, no pude evitar pensar en aquellos miles de años atrás en los que grandes atletas, entrenadores, y gobernantes se encontraron en ese mismo lugar, para celebrar la excelencia, para reconocer la perfección humana representada en el nombre de los atletas que le dieron tanta fama a Olimpia.
Homero, Pausanias y Píndaro son mis escritores favoritos, porque relatan distintas partes de los Juegos Olímpicos antiguos, sus costumbres, su cultura y su satisfacción por haber vivido la gran fiesta de los veranos cada cincuenta lunas llenas.
Nos hospedamos en la sede de la Academia Olímpica Internacional, para participar de la 16 Sesión Internacional de Academias Olímpicas. El lugar está, más o menos, a un km de distancia del sitio arqueológico, a una corta caminata para ingresar al maravilloso mundo de la cultura helénica. Y lo digo así, porque no es simplemente entrar a ver las “ruinas”. Cuando entras a ese espacio te recibe el imponente gimnasio de 200 ms de largo, aquel que acogió a los grandes atletas y al mismo tiempo a los grandes filósofos de la antigüedad.
Una vez allí es preciso detenerse para respirar y concentrarse haciendo un esfuerzo por conectarse en el tiempo, y cuando eso es posible, entonces vemos cómo los atletas se preparan para sus pruebas, cómo a los entrenadores les llaman la atención sobre tal o cual movimiento y por allí entre columnas y columnatas se escucha la música de las cítaras, liras y flautas, que acompañaban todo el tiempo a los atletas en sus ejercicios. Recordemos que la música que Apolo defiende y pregona es indispensable para la armonía cósmica y, en consecuencia, imprescindible en todos los eventos, incluyendo las festividades olímpicas.

Así las cosas, cada paso en el Santuario se siente y se observa, por una parte, en la naturaleza existente que es verde y fértil en el verano, y en el sonido de las cigarras que cantan casi a nivel de un estruendo, dándole al ambiente un entorno que exige al visitante plena concentración para ver lo que allí realmente existió.
Tras una breve pausa en el Gimnasio, avanzar hacia el Templo de Zeus es ver a lo lejos una pira de fuego encendida y seis columnas de frente por trece de fondo, cada una de ellas de 18 metros de altura. Sobre ellas, las tejas que estaban hechas de mármol del Pentélico, cortadas finamente, de manera que, al ser tan delgadas, en el verano dejaban pasar la luz. Eso contribuyó a generar una penumbra que enmarcaba la grandiosa imagen del dios Zeus sentado en su trono (una de las siete Maravillas del mundo antiguo).
De cualquier forma, recorrer el Santuario de Olimpia es una experiencia única y, de hecho, repetible porque cada vez que la visito encuentro más detalles que me conectan con ese pasado glorioso de la humanidad. Pasar por el túnel de acceso de los atletas y pensar que por allí cruzaron Diágoras de Rodas, Platón, Corebos, Kiniska, Sócrates, el Rey Ifitos de Atenas y Licurgo de Esparta, entre muchos otros, es absolutamente increíble.
La revelación viene cuando pisas la línea de partida, completamente en mármol blanco del Pentélico, sobre la cual se posaron los pies de tantos atletas, en busca de la gloria eterna. Estar allí detenida con los pies ansiosos de poder salir corriendo y observando la inmensidad de un estadio largo de 192.28 m. es inconmensurable. Es algo que merece ser vivido por todos quienes hacemos parte del Movimiento Olímpico, en todos sus niveles.
Luego de recorrer todo el sitio arqueológico que iniciamos al atardecer, la noche ya en curso, vino a mí la pregunta: ¿según las estrellas, en las que los antiguos se basaban, sería posible que hicieran presencia en el cosmos a la misma hora en que yo, saliendo del templo de Hera e imaginando a miles de griegos cruzando por esos mismos espacios tres mil años atrás me inquietaba por su presencia? ¡Entonces recurrí a mi celular para buscar mi telescopio en la App “Celeste” y cual sería mi sorpresa al encontrar allí, en esa inmensa bóveda azul, nada menos que a Hércules!

Quedé atónita, no lo podía creer. Estaba allí en el momento exacto para recordar con la imagen, las hazañas de Hércules, quien después de terminar los doce trabajos que le fueron impuestos para castigarle por el homicidio de su esposa, construyó el estadio Olímpico en honor a Zeus y con sus pies paso sobre paso al contar 600, estableció la medida de 192,28 ms.
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