Tres hijos de la familia Gutiérrez Alcocer nacieron en medio de caballos, caminaron a caballo su niñez, se enamoraron de este deporte, pero dos de ellos se desmontaron para dejar en el pulso y la serenidad del menor, todos los sueños ecuestres de la familia.
Por Alberto Galvis Ramírez
Director de la Revista Olímpica
Alejandro Gutiérrez Alcocer tiene 15 años. Durante su corta vida ha crecido detrás de sus hermanos mayores, aprendiendo de ellos todas las enseñanzas necesarias para alcanzar la perfección como persona y como jinete. Ellos, Mariana y Carlos Felipe, le trazaron la ruta, y lo ubicaron en la parte trasera de una especie de “fila india”, y lo apoyaron y consolidaron con él una empresa familiar competitiva. Es decir, de ellos, y del apoyo de sus padres dependió en esa etapa crucial del despegue como persona y como atleta. Mientras trabajaba con rigor y disciplina, siempre sobre las huellas trazadas por sus hermanos, ellos decidieron retirarse de la práctica de los ecuestres, para recorrer nuevos y diferentes caminos.
De pronto se vio sólo al frente de la disuelta fila india, acompañado únicamente de sus padres, pero sin la fraterna estela que guiaba su camino. Algo así como cuando el águila sube con el aguilucho a una alta montaña y lo suelta para que aprenda a volar sólo o se estrelle contra el mundo.

En ese momento demostró su madurez, porque en lugar de lamentarse por haber quedado solo y perder la guía se alegró por lo mucho que había aprendido, y asumió un papel nuevo, el del solitario atleta que quiere ser grande y tiene la vocación, las bases técnicas y un apoyo moral y emocional de toda la familia.
Alejandro Gutiérrez Alcocer nació en Bogotá, el 11 de mayo de 2010, en el hogar de Carlos Gutiérrez y María Teresa Alcocer, en medio de caballos, de una pasión por los ecuestres y de la influencia de sus dos hermanos mayores.
Cuando tenía tres años empezó a montar a caballo, claro, no sólo, sino en los bazos de su papá, quien cabalgaba con él, a bordo de alguno de sus caballos de vaquería o criollo.
Era el tercero en vivir esa rutina, porque su padre, veterinario de profesión, ya había hecho lo mismo con sus otros dos hijos mayores, Mariana y Carlos Felipe. Y como es apenas lógico, a los tres se les pegó la goma por los ecuestres, que empezaron a practicar, primero, como distracción y después de manera más formal y competitiva.

Cuando ya estaba en edad de montar sólo, más o menos a los seis años, su padre le regaló su primer caballo, que bautizó Azulejo, con el cual convivió, en esa extraña y fuerte conexión, que convierte al jinete y al ejemplar en un solo ser, en el cual el animal representa la emoción y el jinete la razón, para vivir día y noche atrapados por las fuerzas de la diosa Epona, que da lugar a un amor tan fuerte como indisoluble. Ese extraño y sublime maridaje entre Alejandro y su caballo Azulejo duró casi diez años de fiel amor y entendimiento, tiempo durante el cual logró importantes avances en un proceso serio de aprendizaje.
Este arte, no por ser pasatiempo era menos importante para Alejandro que sus estudios en el Colegio Anglo Colombiano, y que sus otros dos deportes, el fútbol y el padel, que sigue practicando a los 15 años.
Alejandro disfrutó de los ecuestres, mientras sus hermanos lo tomaban más en serio. Cierto día su mamá le pidió a su esposo que encausara la vida del menor, Alejandro, por el camino ecuestre, pero competitivo, porque veía, en la precisión de sus movimientos no sólo a un niño que quería distraerse a caballo.

Su padre aceptó la sugerencia de su mujer. Entonces, los tres hermanos Gutiérrez, Mariana, Carlos Felipe y Alejandro se unieron para apoyarse en todas sus rutinas y acompañarse en sus participaciones, en las respectivas categorías, por lo menos hasta cuando Mariana, quien sólo practicaba los saltos, cumplió los 15 años y decidió viajar a Suiza a estudiar, y hasta ahí llegó su carrera como jinete.
Los dos hermanos varones de la familia siguieron compitiendo. Carlos Felipe fue campeón nacional preinfantil; luego, subcampeón nacional infantil; campeón en la categoría juvenil, y quinto en el torneo Colombiano, hasta que a los 17 años decide retirarse, para continuar sus estudios.
Aunque quedó solo, Alejandro dice que salió ganando, porque heredó la yegua Brinne, de su hermano, que alternaba en entrenamientos y en competencia con el caballo Charlie, en el Club Bacatá.
El año pasado, Alejandro fue subcampeón nacional prejuvenil y en la pasada Feria de las Flores, en Medellín, logró clasificar a los próximos Juegos Olímpicos de la Juventud, que se celebrarán en Dakar, el próximo año.
Alejandro Gutiérrez Alcocer, a sus 15 años, tiene claro que monta porque le gusta y lo disfruta, pero también porque quiere destacarse como uno de los mejores jinetes de los ecuestres colombianos, y por eso entrena todos los días, con mucha disciplina, mientras adelanta el curso noveno de sus estudios.

Dice que el próximo año piensa viajar a Wellington, Nueva Zelanda, para trabajar durante seis meses con el colombiano Pablo Barrios, jinete olímpico, para pulir detalles de la técnica.
“Mis objetivos son convertirme en uno de los grandes jinetes del país, ganar el torneo Colombiano y participar alguna vez en los Juegos Olímpicos plenos”.





























