¿Tiene alguna relación el deporte con la confianza social? A pesar de lo distantes que puedan parecer estos dos conceptos, lo que sí es cierto es que el deporte tiene mucho más que aportar, además del bienestar físico y mental. Su alcance puede incluir la esfera comunitaria y societal, y contribuir con grandes cambios a nivel de desarrollo.
Por Beatriz Mejía Restrepo
Miembro de la Academia Olímpica Colombiana.
La confianza social, como un bien colectivo que caracteriza a las comunidades con alto capital social, es la capacidad que tienen las personas de aceptar exponerse ante otros desconocidos de quienes se esperan buenas intenciones, también conocida como confianza generalizada. Este atributo poco abunda en nuestras sociedades postmodernas, individualistas y de grandes urbes, en donde los vínculos humanos son cada vez más cortos y volátiles, en palabras de Zygmunt Bauman, más líquidos. Según informe del BID (2022) y los datos de la Encuesta Mundial de Valores, en sus ediciones desde 1981 hasta el 2020, América Latina es la región con los niveles de confianza social más bajos del mundo, lo cual es característica recurrente en sociedades divididas, con alta conflictividad social, y desiguales.
Pero, ¿por qué la confianza social es importante? Que tanto confían las personas determina muchas de sus acciones y su impacto en el desarrollo sostenible. Esto es, que en situaciones cotidianas, en las cuales todas deben aportar algo para conseguir un objetivo común, el grado de confianza que una persona tiene en que las otras realizarán honestamente su aporte incide en el nivel de aporte que esta persona haga y finalmente, será la suma de las acciones individuales y colectivas lo que contribuirá con el cambio social. Un ejemplo concreto de esto es la separación de residuos en un edificio residencial, en donde la probabilidad de que cada familia realice adecuadamente la tarea se incrementa en la medida en que confíe en que las demás familias del edificio también la harán, así como en que la empresa de aseo opere adecuadamente. Esta confianza incide en el desarrollo ambiental de la ciudad y, si se evalúa del mismo modo en todas las ciudades, incide en el desarrollo sostenible del planeta.

La confianza social, más que un valor deseable es un bien sustancial para el desarrollo de las sociedades, y diversos estudios soportan esta afirmación. En términos de desarrollo económico, por ejemplo, Knack y Keefer (1997) construyeron modelos de regresión, con datos de 29 países aportados por la Encuesta Mundial de Valores, entre 1981 y 1991, que soportan la tesis de un mejor desempeño económico propiciado por las conductas cívicas de confianza, que se derivan en mayor recaudación de impuestos, uso de transporte público, menos accidentes de tránsito, entre otros. Años más tarde, Knack y Zak (2001) contrastaron empíricamente un modelo en el que un aumento del 15 por ciento en el porcentaje de confianza generalizada de un país incrementa su ingreso per cápita a un ritmo de uno por ciento anual. Según el BID (2022) “la desconfianza reduce el crecimiento y la innovación: la inversión, la iniciativa empresarial y el empleo florecen cuando las empresas y el gobierno, los trabajadores y los empleadores, los bancos y prestatarios, así como los consumidores y productores confían unos en otros.”
Se destaca el hecho que en entornos de confianza, el costo de las transacciones es menor, especialmente en actividades económicas que dependen de acciones futuras, ya que se afrontan menos gastos, como los que conllevan los vastos contratos escritos y litigios, el pago de seguros para cada contingencia y los trámites notariales, entre otros, que afectan el crecimiento de las empresas. Fukuyama (1996) sostiene que “las leyes, los contratos y la racionalidad económica brindan una base necesaria, pero no suficiente, para la prosperidad y la estabilidad en las sociedades posindustriales. Es necesario que éstas también estén imbuidas de reciprocidad, obligación moral, deber hacia la comunidad y confianza”. Se puede afirmar, también, que la confianza social no solo permite disminuir costos económicos, sino también en tiempo, insumos y esfuerzo, lo cual es un factor relevante para individuos y organizaciones.
De otra parte, la confianza es pieza fundante del capital social y determina la capacidad de los individuos y grupos de comunidad para cooperar en la solución de problemas colectivos, lo cual hace que tenga un peso significativo en el desarrollo social, estimulando la asociatividad, favoreciendo la participación y evitando el uso de la fuerza en la gestión de conflictos. Putnam (1993), habla de dos tipos de capital social, el “bonding”, que se forja a partir de las relaciones entre los miembros de un grupo homogéneo, es decir, que comparten origen étnico, tradiciones, historia y/o valores, que los hace sentir como iguales, y el capital social “bridging”, más asociado con la confianza generalizada, en donde las conexiones se crean entre individuos y grupos heterogéneos de la sociedad, lo cual es fundamental para superar las divisiones sociales y perseguir objetivos colectivos, pese a la diversidad en miradas. La confianza social se asocia a este último.
Frente al desarrollo político, la confianza pesa en la participación ciudadana y en la estabilidad de las democracias. Al correlacionar la confianza con el tiempo de duración de las instituciones democráticas, Inglehart (1997) encontró que en la mayoría de las democracias más estables, al menos el 35 por ciento de la población afirma que “se puede confiar en la mayoría de las personas”. Además, una mayor confianza parece estar asociada a mayor participación ciudadana y el interés de las personas en las acciones de gobierno. El BID (2022) afirma que “la desconfianza distorsiona la toma de decisiones democráticas. Impide que los ciudadanos exijan mejores servicios públicos e infraestructura y que se unan entre sí para controlar la corrupción; asimismo reduce sus incentivos para hacer sacrificios colectivos que benefician a todos.”
Ahora, ¿tiene alguna relación el deporte con la confianza social? A pesar de lo distantes que puedan parecer estos dos conceptos, lo que sí es cierto es que el deporte tiene mucho más que aportar, además del bienestar físico y mental. Su alcance puede incluir la esfera comunitaria y societal, y contribuir con grandes cambios a nivel de desarrollo. Diversos autores versan su discusión alrededor de aquello que precede la confianza, lo cual puede dar algunas pistas. Para Uslaner (2002), la confianza está enraizada en las experiencias de interacción social, especialmente las vividas en la edad temprana, y disminuye con la necesidad de defensión y el miedo a sufrir un daño. Eventos como la guerra, generan fragmentación social entre las personas y comunidades, de manera que se estimula la sensación de enemistad y división, al ver al otro como posible infractor de daño. De igual forma, el autor identifica que la percepción de la existencia de valores compartidos por “los otros” favorece la confianza, por lo que es más difícil confiar en alguien a quien se considera diferente. Si se orientan esfuerzos hacia la alteridad y se valora la diferencia como atributo que suma y no que resta, la confianza se incrementa.
De este modo, en la medida en que el deporte permite generar encuentros entre desconocidos y posiblemente “diferentes” se convierte en un medio único para fortalecer los lazos de confianza, dentro y fuera del entorno reglado. Hacer del “diferente” un igual, permite incrementar el capital social para movilizar participativamente procesos de desarrollo. Diferentes iniciativas de deporte para la paz en la región se han dado, justamente, a partir de las experiencias deportivas para la reconciliación entre grupos anteriormente antagonistas, como víctimas y excombatientes, personas enemistadas en centros de reclusión, migrantes y locales, así como experiencias en el resto del mundo, como las del Apartheid en Sudáfrica; la confrontación entre católicos y protestantes, en Irlanda, o entre musulmanes y judíos, en la Franja de Gaza.
De acuerdo con el informe del BID (2017), “El deporte puede aumentar el capital social mediante puentes (creando y manteniendo redes sociales compuestas de grupos heterogéneos) y vínculos (creando y manteniendo redes sociales con un grupo homogéneo de personas). Por definición, los puentes y los vínculos aumentarían la inclusión y ayudarían a crear comunidades en torno a objetivos comunes. Una mayor confianza facilitaría unirse en torno a la provisión de ciertos bienes públicos, coordinar la oferta y la demanda de inversiones con beneficios a largo plazo, encontrar formas de financiar esas inversiones y movilizar la acción colectiva para llevarlas a buen término.”
Putnam (1993), además, plantea que los espacios en donde se dan relaciones de horizontalidad favorecen la confianza, al igual que aquellos que fomentan la cooperación, por lo que los deportes grupales permiten su desarrollo, además la socialización bajo normas claras que son compartidas por deportistas. No menos importante es el papel que juega el escenario deportivo como espacio público para el encuentro ciudadano. Este favorece el acercamiento en condiciones horizontales y la comunicación entre conocidos y/o desconocidos, y reduce las barreras preexistentes, en entornos muchas veces hostiles o afectados por la violencia, como la mayoría de los latinoamericanos.

No podría entonces desecharse el valor del deporte en el desarrollo de habilidades favorables al incremento de la confianza social, así como en la mediación de nuevas experiencias de socialización entre cercanos y desconocidos, lo que también facilita la predisposición a confiar. Durante décadas, diversos autores han aportado, aunque no de manera directa, a tal inferencia. En una extensa lista de valores de la práctica deportiva, desarrollada por Frost y Sims (1974), se menciona el respeto por las diferencias, la eliminación de prejuicios, empatía, cooperación, comunicación, entre otros. En estudio realizado por García-López y otros (2012), para revisar los efectos de un programa de educación física sobre las relaciones sociales de un grupo se observa que algunos practicantes de deportes han reconocido en esta manera de aprender la posibilidad de conocer a otros compañeros diferentes de los habituales. Además, según Hastie (1998) y MacPhail, Kirk, y Kinchin (2004), la práctica deportiva puede favorecer la integración de los que suelen estar discriminados.
De manera específica, el trabajo en equipo, como una de las características del deporte de conjunto, no es otra cosa que esfuerzo para el bienestar colectivo, que implica un alto grado de confianza en el otro, derivada de la percepción de que los otros contribuyen con su esfuerzo al logro del objetivo, incluso si esto implica dejar en segundo lugar el triunfo individual. En palabras de Fukuyama (1996) “la capacidad de asociación depende […] del grado en que los integrantes de una comunidad comparten normas y valores, así como de su facilidad para subordinar los intereses individuales a los más amplios del grupo. A partir de esos valores compartidos nace la confianza”. No obstante, esta es una habilidad social que se desarrolla con la práctica deportiva y que no, necesariamente, hace parte de las creencias o actitudes del practicante con anterioridad.
Más allá de una relación causal entre deporte y confianza social es el deporte un medio que incrementa las oportunidades que una persona (de cualquier edad) tiene para derribar las barreras y prejuicios que le impiden confiar en otros desconocidos, le facilita la resignificación del vínculo con aquellos conocidos que no hacen parte de su radio primario de confianza y le permite fortalecer habilidades sociales específicas, que incrementan el sentido de alteridad, la apreciación de lo “diferente” y la valoración de lo colectivo. Desde esta perspectiva, cobran importancia los estudios alrededor del tema, que evalúen cómo y bajo qué circunstancias se da esta relación y de qué modo se pueden fortalecer los procesos de deporte recreativo, deporte escolar, deporte comunitario, deporte para todos, o cualquiera que fuere la categoría de deporte, cuyos objetivos superen los meramente competitivos.
Sigue sorprendiendo la capacidad del deporte para contribuir en diversos ámbitos del desarrollo sostenible.
Referencias Bibliográficas
Banco Interamericano de Desarrollo. (2022). Confianza. La clave de la cohesión social y el crecimiento en América Latina y el Caribe.
Banco Interamericano de Desarrollo. (2017). Deporte para el desarrollo.
Fukuyama, F. (1996). Trust: The social virtues and the creation of prosperity. Simon and Schuster.
García-López, L. Gutiérrez, D. González-Víllora, S. Valero, A. (2012). Cambios en la empatía, la asertividad y las relaciones sociales por la aplicación del modelo de instrucción educación deportiva. Revista de Psicología del Deporte, vol. 21, núm. 2, 2012, pp. 321-330
Hastie, P. (1998). The Participation and Perceptions of Girls Within a Unit of Sport Education. Journal of Teaching in Physical Education, 17(2).
Inglehart, R. (2000). Culture and democracy. Culture matters: How values shape human progress, 80-97.
Inglehart, R. (1999). 4 Trust, well-being and democracy. Democracy and trust, 88.
Knack, S., & Keefer, P. (1997). Does social capital have an economic payoff? A cross-country investigation. The Quarterly journal of economics, 112(4), 1251-1288.
MacPhail, A., Kirk, D. y Kinchin, G. D. (2004). Sport Education: Promoting Team Affiliation Through Physical Education. Journal of Teaching in Physical Education, 23(2), 106.
McCaughtry, N., Sofo, S., Rovegno, I. y Curtner-Smith, M. (2004). Learning to teach sport education: misunderstandings, pedagogical difficulties, and resistance. European Physical Education Review, 10(2), 135-156.
Putnam, R. (1993). The prosperous community: Social capital and public life. The american, 4.
Uslaner, E. M. (2002). The moral foundations of trust. Available at SSRN 824504.
Zak, P. J., & Knack, S. (2001). Trust and growth. The economic journal, 111(470), 295-321.
Foto portada: Máster en Gestión Económica, de Unidades Deportivas.





























