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Revista Olímpica

Curiosidad. Dopaje con hojas de coca

En la comunidad indígena muisca del departamento de Cundinamarca nacieron las carreras, como una actividad lúdica y relacionada con el culto a los dioses.

Ilustración; Radio Nacional de Colombia.

Antes de la época de la conquista, cuando una tribu indígena aborigen marchaba hacia los adoratorios -sitios destinados al culto de los dioses- y llegaba a alguna montaña o a una inclinación exigente, los varones corrían hacia la cúspide. A los primeros los premiaban con coronas y plumas, y les otorgaban un título de santidad. Algunos morían en su esfuerzo.

El cacique daba «seis mantas al primero y le concedía de por vida el privilegio, muy estimado, de que cubriéndose con una, pudiera dejar llegar un extremo o punta de ella al suelo, por detrás. Al segundo que llegaba le daba cinco mantas e iba rebajando hasta llegar al sexto. Movidos algunos por el deseo de ganar honra en la carrera, morían víctimas de la fatiga producida por el excesivo esfuerzo que hacían».  Vicente Restrepo, Los chibchas antes de la Conquista, Biblioteca Banco Popular, 1972.

Era tal la importancia de estas competencias, que los indígenas se dopaban masticando hojas de coca, lo que les permitía una superior resistencia física, pero que podía traer como consecuencia la hipoglicemia y después la muerte, que de todas maneras era un honor que convertía en héroe al caído, quien también recibía todas las bendiciones de Chaquen, dios menor de los Muiscas.

En El Carnero, de Juan Rodríguez Freyre, hay una alusión a este tipo de carreras: «Había, como tengo dicho, en este término de tierra que se corría, muchos santuarios y enterramientos, pues era el caso que en descubriendo los corredores el cerro dónde había santuario, partían con gran velocidad a él, cada uno por ser el primero y ganar la corona que se le daba como premio.

«Coronaba los montes y las altas cumbres la infinita gente que corría la tierra, encontrándose los unos con los otros, porque salían del valle de Ubaque y que toda aquella tierra con la gente de la sabana grande de Bogotá, comenzaban la estación desde la laguna de Ubaque. La gente de Guatavita y toda la demás de aquellos valles, y los que venían de la jurisdicción de Tunja, vasallos de Ramiriquí, la comenzaban desde la laguna grande de Guatavita, por manera que estos santuarios se habían de visitar dos veces. Solía durar la fuerza de esta fiesta veinte días y más conforme el tiempo daba lugar, con grandes ritos y ceremonias; y en particular tenían uno de donde le venía el demonio su granjería, de más que todo lo que se hacía era en su servicio”. Juan Rodríguez Freyle, El Carnero.