El pasado 16 de diciembre murió en Cartagena, Antonio Manía Torres, uno de los grandes sembradores del béisbol colombiano en su historia. Lo recordamos hoy como un ser humano apasionado por el deporte de la pelota caliente, que dejó un legado demasiado grande.
Por Alberto Galvis Ramírez
Director de la Revista Olímpica y Presidente de la Academia Olímpica Colombiana.
Antonio Manía Torres, quien murió el pasado 16 de diciembre, en su residencia del Alto Bosque de Cartagena, luego de tres años de luchar contra una enfermedad coronaria, y contra los malos servicios médicos que recibió tenía la vocación de los enamorados, la pasión de los comprometidos, la perseverancia de los luchadores y la disciplina de los triunfadores. Y todo ello logró conjugarlo en el gran amor de su vida, el béisbol, al que fue fiel desde niño y durante los 93 años que vivió, para dejar una huella que lo hará inmortal.
Antonio Eduardo Torres López nació el 18 de agosto de 1930, en Cartagena, en el barrio San Diego, en la calle de nuestra Señora del Pilar o Calle del Congo, exactamente frente a la cancha La Matuna, hoy denominada Benkoks Biojó, que con el estadio La Cabaña, en el barrio de Manga, eran los dos únicos campos decorosos en donde practicaban las figuras de la pelota caliente en La Heróica, algunos de ellos campeones mundiales en 1947, como Petaca Rodríguez, Varita Herazo, Venao Flórez, José Mono Judas Araújo, el Policía Peñaranda, Pipa Bustos y Julio Cobby Flórez, entre otros.
Un niño que nace en ese exclusivo núcleo de los mejores beisbolistas de su ciudad natal; que crece con sus ojos puestos en ellos, día y noche; que se convierten en sus primeros ídolos; que recibe decenas de mensajes sobre la marcada simbología propia de este deporte, especialmente del arte gestual de Petaca Rodríguez, y que se emociona con los gritos y las celebraciones, sólo podía terminar con la impronta del béisbol incrustada en su corazón.
En esos primeros años alcanzó Manía Torres a jugar en un equipo llamado Aguilita, algo así como las divisiones menores del tradicional Águila, del barrio de San Diego.

El freno de su mamá
Sin embargo, ese impulso que traía en sus años mozos fue frenado por la desaprobación de la Niña Rosa, su mamá, quien veía con malos ojos a esos hombres que jugaban día y noche para pegarle con un palo a una pelota que salía disparada, mientras alguien trataba de atraparla antes que cayera, porque consideraba que su hijo no debía “perder el tiempo” en esa prácticas, en lugar de estudiar. Tampoco le gustaba verlo imitando al famoso Petaca Rodríguez, quien se hizo amigo del pequeño y le enseñó el repertorio de gestos propios de la comunicación no verbal del béisbol, como agarrarse la nariz, jalarse las orejas, guiñar los ojos, mover las cejas, agitar las manos, accionar los dedos etc., que era la simbología común entre los entrenadores que habían recibido las lecciones de la escuela gringa. Precisamente, por la obsesión del niño por usar esas señales todo el tiempo, su amigo del barrio, Enrique Ceballos, lo bautizó Manía, apodo que tampoco le gustaba a su mamá, pero que se quedó por siempre como el nombre de identidad de su hijo.
Pero su madre estaba decidida a alejarlo del béisbol y lo envió a estudiar a Bogotá al Colegio Militar Academia Ramírez, convencida que en un lugar que educaba para servir a la seguridad de la sociedad, le podrían extraer ese bicho que tenía ya metido hasta en su ADN.

Más cerca del beisbol que del estudio
Lejos del hijo, la Niña Rosa recibía la información académica que le refería que Antonio Eduardo estaba dedicado a sus estudios, pero no que el joven de 16 años formaba parte de una gallada de cartageneros como él, afiebrados por el béisbol, que lo llevaron a desarrollar de manera decisiva sus condiciones para este deporte y a conformar las selecciones de la institución educativa y del departamento de Cundinamarca, en torneos nacionales. Uno de sus paisanos residentes en Bogotá que más influyó en su vocación por el béisbol fue el Cónsul Rafael Zúñiga Torres, uno de los hermanos Zúñiga, recordados y reconocidos por haber traído el béisbol a Colombia, vía Cartagena, a comienzos del siglo XX, quien era presidente de la Liga de Béisbol de Cundinamarca, y organizó una novena -con Manía incluido- que se convirtió en la selección departamental de Cundinamarca.
En 1947, Colombia se consagró campeón mundial de béisbol, en Cartagena, con un equipo dirigido por el cubano Pelayo Chacón, con jugadores que el joven Manía Torres había visto jugar en la Matuna, como Petaca Rodríguez. Pelayo Chacón lo convocó en 1948 a los dos siguientes mundiales, en Cuba y Managua, con resultados buenos, pero no de la categoría del título orbital del 47.
Después formaría parte de selecciones nacionales, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1950, en Ciudad de Guatemala; en los nacientes Juegos Panamericanos de Buenos Aires, en 1951, y en los Juegos Bolivarianos, de Caracas, en 1960, en los cuales se obtuvo la medalla de oro.

El béisbol, por siempre
Ya en ese momento, Manía Torres había hecho del béisbol su forma de vida; estuvo presente en las delegaciones nacionales a todos los torneos internacionales y se convirtió en la figura número uno del béisbol colombiano, hasta llegar a la Triple A, de las Grandes Ligas, de Estados Unidos, en Los Orioles, de Baltimore. Sin embargo decidió cambiar un futuro que podría haber sido grande en Los Orioles, para vincularse a un equipo de Nicaragua, por una oferta que duplicaba lo que ganaba en Estados Unidos, decisión que años después consideró como un error.
En medio del fervor por el béisbol se desarrolló otro amor, el que le despertó Rosalba Jurado, con quien contrajo matrimonio y nacieron sus cinco hijos, Rosita, Hernando, Antonio, Nancy y Aurelio, quienes les dieron seis nietos y ocho bisnietos, todos ellos formados como profesionales y también amantes del béisbol, como su padre.
A finales de la década de los años sesenta, del siglo anterior, Manía Torres alternó su papel como jugador, con el de técnico, que era una de sus grandes vocaciones, especialmente por su liderazgo, pasión y conocimientos, inicialmente al frente de las selecciones de Bolívar, y luego, como entrenador de los equipos nacionales.
Precisamente en este trajín logró conformar y dirigir a uno de los equipos más famosos en la historia del béisbol colombiano, entre los años sesenta y setenta, con jugadores como Alcibiades Jaramillo, Abel Leal, Alejandro Lian, Orlando Ñato Ramírez Eusebio y Tomás Moreno, Bartolo Gaviria, Humberto Bayuelo y Alcibiades Jaramillo, entre otros, que fueron complementados por otros tan talentosos como ellos, como René Morelos, José Miguel Corpas, Luis Herrera, Santos Berrocal, Luis Escobar y Artur Forbes, que conformaban la Selección Colombia.
Este fue el equipo que participó por nuestro país, en los VI Juegos Panamericanos celebrados en Cali, en 1971, que conquistó la medalla de bronce y logró el subcampeonato mundial en Cuba, en ese mismo año. De ahí en adelante todo fue exitoso como técnico de Bolívar, porque ganó 12 de 14 campeonatos nacionales y sembró una semilla que germinaría en los años siguientes del béisbol cartagenero y colombiano.





























