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Iván Vargas: el profesor que convirtió la disciplina en legado

Por más de cuatro décadas, Iván Vargas ha respirado patinaje. Lo ha hecho como niño que soñaba en las pistas, como atleta que representó a Antioquia y a Colombia en Juegos Nacionales, Panamericanos y Campeonatos del Mundo, y como el entrenador que hoy acumula 230 títulos mundiales en la modalidad de velocidad. Pero si algo lo define no es la cifra, sino la palabra con la que él mismo se nombra: profesor.

“Yo no soy un entrenador, yo soy un profesor”, repite con la convicción de quien entiende que el deporte es apenas un medio. Enseñar —más que ganar— ha sido su verdadera vocación.

Iván creció en Envigado, en una familia pequeña y profundamente unida. Su papá, su mamá y su hermano fueron el núcleo que lo sostuvo siempre con amor y fe en Dios. En casa se hablaba de disciplina, de responsabilidad y de gratitud. Valores que luego trasladaría, casi sin darse cuenta, a la pista.

Curiosamente, nunca soñó con ser entrenador. De niño decía que sería odontólogo. Cuando su mamá le preguntaba por qué, él respondía con una sonrisa pragmática: “Porque no voy a tener jefe”. Y cumplió su palabra. Estudió Odontología en la Universidad de Antioquia mientras vivía su mejor etapa como patinador. Iba a clases, entrenaba con rigurosidad extrema y viajó a tres campeonatos mundiales como atleta. Nunca dejó de matricular materias. Nunca bajó el nivel académico. Siempre fue exigente consigo mismo. El giro en su destino llegó casi por casualidad.

En Envigado se fundó el Club Paen, hoy un emblema del patinaje colombiano. Un grupo de padres le pidió ayuda con unos niños. Él dudó: tenía universidad, entrenamientos, responsabilidades. Aun así, fue. Y volvió. Y siguió yendo durante dos años seguidos. En ese proceso se enamoró de la pedagogía. Ahí nació el profesor.

El entrenador resistido que terminó haciendo historia

Cuando en 2007 fue llamado por primera vez al cuerpo técnico de la Selección Colombia, muchos no entendieron la decisión. Había entrenadores con más recorrido. Más nombre. Más vitrina. “Si en esa época hubieran existido las redes sociales como hoy, yo hubiera durado cinco minutos”, reconoce con franqueza.

Pero la Federación vio en él algo distinto: resultados sólidos en procesos formativos y una fortaleza pedagógica que marcaba diferencia. Ese año, en el Mundial de Cali, llegó su primer título del mundo como entrenador, con Elizabeth Arnedo en los 300 metros pista.

Años después, cuando alcanzó los 200 títulos, buscó a Elizabeth para una foto. “Tú fuiste la primera”, le dijo. No era un gesto simbólico. Era un acto de memoria.

Desde entonces, la historia se multiplicó hasta alcanzar cifras que parecen irreales: 58 títulos mundiales con deportistas del Club Paen, más de 120 medallas orbitales con patinadores antioqueños y 230 títulos del mundo en velocidad con la Selección Colombia desde 2007.

Sin embargo, cada temporada la asume como si fuera la primera: “Siempre pienso que voy a buscar mi primer título mundial”.

La hegemonía que se gana por milésimas

Colombia ha ganado 15 campeonatos del mundo consecutivos. Una hegemonía que desde afuera puede parecer cómoda. Pero Vargas desmonta el mito.

“Las medallas se ganan por una milésima, por una rueda, por una espacata”. El patinaje mundial ha crecido. Los rivales celebran cada podio como una hazaña histórica. Cuando gana Colombia, solo celebran los colombianos.

Ser el país a vencer no es sencillo. Hay presión, hay expectativa, hay un deseo colectivo de ver caer al gigante. Por eso, este año, Iván y el cuerpo técnico de la Selección Colombia decidió recuperar un gesto que se estaba perdiendo: que toda la Selección acompañara cada podio, cantara el Himno unida y celebrara también los triunfos del compañero. Porque nada puede volverse paisaje.

Pedro, el milagro en Bélgica

Entre tantas medallas, hay una que guarda con una emoción distinta. Mundial de 2013, Bélgica. Pedro Causil —uno de los mayores talentos que ha dirigido— sufre una lesión en el aductor. El diagnóstico médico es claro: no puede correr. Era el favorito. Era el hombre récord. Era la carta fuerte.

La noche antes de terminar el campeonato, Pedro le pidió volver a la pista. Solo diez minutos le permitieron rodar. Se puso los patines sin siquiera amarrarlos bien, dio dos vueltas y sentenció: “Profe, inscríbame mañana”.

Contra toda lógica médica, gestionaron el cambio. En la final de los 200 metros, con una venda visible en su muslo, Pedro tomó los cuatro primeros pasos. Iván lo supo de inmediato: sería campeón.

Cuando cruzó la meta, el entrenador se lanzó a la pista con la bandera. Pedro —el frío, el inexpresivo— lloró abrazado a él. “Gracias, profe”.

Iván no duda en llamarlo milagro. Hoy, retirado del alto rendimiento, Pedro es su compadre. Él es padrino de su hijo. La relación trascendió la pista. Ahí está su verdadera victoria.

Más que campeones, personas

Iván Vargas es un entrenador rígido. Normativo. “Cuadriculado”, como él mismo admite. Exigente hasta el detalle. Pero su obsesión no termina en la medalla.

Le importa el novio correcto, la carrera universitaria, el emprendimiento, el hogar estable. Le importa que, diez años después, un exdeportista regrese y le diga: “Gracias por tus regaños”.

“Yo cambio los 230 títulos del mundo por saber que son buenas personas”, afirma sin titubeo. Para él, la derrota también es maestra. Recuerda a una velocista italiana que durante años fue invencible para sus corredoras. Perdieron. Analizaron. Trabajaron con humildad. Al año siguiente, en China, la vencieron. Ese título juvenil lo celebró como si fuera senior: era la prueba de que la derrota enseña.

El sueño olímpico

Ha vivido todo el ciclo olímpico. Acompañó a Pedro Causil y a Laura Gómez en los Juegos de Invierno de Pyeongchang 2018. Caminó la Villa Olímpica. Vio un escenario repleto para el short track. Sintió la magnitud del evento.

Pero su gran anhelo sigue pendiente: ver al patinaje sobre ruedas en el programa olímpico. “Es un deporte que lo tiene todo. Es espectáculo, es exigente, es universal. Yo sé que vamos a estar”. No sabe si le tocará dirigir allí. No sabe cuándo ocurrirá. Pero mantiene la fe intacta.

El hombre detrás de las cifras

Cuando habla de sus 230 títulos, no hay arrogancia. Hay responsabilidad. Hay gratitud con Dios, con su familia, con el Club Paen, con la Liga de Antioquia, con la Federación, con el Comité Olímpico Colombiano.

Sigue siendo el mismo Iván de Envigado que entrenaba en calles prestadas y en plazas de mercado. Sigue soñando con su “primer” campeonato mundial.

Y si algún día se despide de la pista, quisiera que lo recuerden no solo como el entrenador más ganador del patinaje colombiano, sino como el profesor que sembró carácter, disciplina y humanidad en cada atleta que pasó por sus manos.

Porque para Iván Vargas, la medalla más grande no se cuelga en el cuello. Se construye en la vida.

Por Filiberto Rojas Ferro
Coordinador de comunicaciones
Comité Olímpico Colombiano