Una de las etapas más recordadas de Luis Alfonso Muñoz, dirigente deportivo fallecido este jueves, en Bogotá, fue su tarea de renovación del patinaje colombiano, desde finales de los años setenta y la década de los 80 del siglo pasado, como presidente de un Comité Provisional de la Federación del ramo, que dio lugar a un cambio que conduciría al crecimiento de esta entidad, hoy reflejado en los resultados.
Por Alberto Galvis Ramírez
Director de la Revista Olímpica
Hasta 1978, la organización del patinaje colombiano fue deficiente. Casi todas las gestiones y los recursos para la realización de torneos y de viajes eran realidades gracias al apoyo de algunos espontáneos, de los dirigentes de turno en las ligas y la federación y de los padres de los deportistas.
Hasta promediar los años setenta, la rectora nacional tenía afiliadas sólo cuatro ligas: Bogotá, Antioquia y Valle, regiones en las cuales se practicaban las dos modalidades, hockey y patinaje, y Atlántico, que sólo registraba movimiento en la primera de ellas. En ninguna parte del país existía el patinaje artístico, como especialidad de competencia.
En 1972 el trabajo era difícil, por las radicales e irreconciliables posiciones adoptadas por los presidentes de las cuatro ligas existentes, que acudían a las asambleas de la entidad, pero se enfrascaban en discusiones que no arrojaban ningún fruto. Ese año los delegados de las ligas afiliadas determinaron buscar un aliado en el presidente de la Asociación Colombiana de Atletismo, Raúl Gómez Rivera, a quien nombraron presidente. En esa época las dos instituciones ocupaban oficinas contiguas en un edifico de la calle 15 con Avenida Caracas en el centro de Bogotá, en el que funcionaban también otras asociaciones deportivas.
En 1975, la asamblea de las cuatro ligas de siempre reeligieron a Raúl Gómez en la Presidencia de la federación.
Los tres años siguientes transcurrieron entre la misma rutina tradicional, en la cual los padres de los patinadores y los dirigentes del atletismo y del patinaje aportaban recursos para los viajes de los deportistas y realizaban pocas actividades en calles de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, sedes de las ligas afiliadas.

Escandalosa asamblea e intervención
En mayo de 1978 estaba programada la asamblea anual de la federación. Enrique Perozzo, director de Coldeportes, nombró a Guillermo González como su delegado para esa reunión.
La asamblea se realizó en la sede de la federación, en la calle 15 con carrera 13 de Bogotá, en unas destartaladas oficinas ubicadas encima de un almacén de repuestos para vehículos, bajo la organización de las autoridades del atletismo, de quienes dependía el patinaje para la organización de torneos y el juzgamiento de competencias.
Como Raúl Gómez, presidente de hockey y patinaje, había renunciado, la asamblea comenzó a las 8:00 de la mañana bajo la coordinación del Vicepresidente, Hugo Moya, con la presencia de los demás directivos de la entidad y de los delegados Daniel Delgado, del Valle; Armando Sarmiento, de Bogotá; Luis Hernando Peláez, de Antioquia; Rafael Naranjo, de Atlántlco; Guillermo González, representante de Coldeportes Nacional; Jorge Zabala, del Comité Olímpico Colombiano, y Amobia de Pedroza, secretaria ejecutiva de las federaciones de atletismo y hockey y patinaje.
Desde el comienzo de las discusiones quedaron en claro dos irreconciliables posiciones: los delegados de Valle y Bogotá contra los de Antioquia y Atlántico, división que impedía lograr acuerdos para la toma de decisiones. Totalmente empantanada, la asamblea llegó a las 4 de la tarde en un desorden total y sin tema alguno aprobado. A esa hora el delegado del Valle se levantó de la mesa y anunció su retiro porque debía abordar el avión que lo conduciría de regreso a Cali. Cuando se pensaba que al romperse uno de los grupos se podrían tomar decisiones, el representante de Bogotá, que estaba unido con el del Valle, también abandonó la sede, factor que disolvió el quórum y obligó a la terminación de la asamblea.
El informe presentado por Guillermo González, delegado de Coldeportes, fue contundente: solicitaba la intervención inmediata de la federación y el nombramiento de un comité provisional. El director Perozzo aceptó la propuesta de su funcionario, intervino la entidad y nombró un comité que debía ordenar la federación y convocar a una asamblea, máximo, tres meses después. El nuevo grupo directivo del hockey y patinaje de Colombia quedó conformado por Luis Alfonso Muñoz Aguirre, representante de las asociaciones juveniles en la junta directiva de Coldeportes, como presidente; Guillermo González, Jefe de la Sección de Promoción Deportiva de la misma institución, en condición de secretario; Ruperto Delfín Mora, empresario privado, como tesorero, y el coronel Guillermo Guzmán, expresidente de la Federación Colombiana de Tiro, y Rafael McCausland, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, en calidad de vocales. Como fiscal fue escogido Luis Enrique Torres, director de Coldeportes Cundinamarca.
De ese grupo ni McCausland ni Guzmán participaron del intenso trabajo adelantado por el comité, que incluía hasta tres reuniones por semana, en las oficinas de Coldeportes, ubicadas en el Ministerio de Educación Nacional; en la sede de la Caja Social de Ahorros, de la cual Muñoz era el Vicepresidente, y en las precarias oficinas de la federación en el centro de Bogotá.
A los pocos días el Comité Provisional reunió la información necesaria para saber cuáles eran las necesidades y los principales problemas. La principal dificultad era de índole económica. En las arcas de la federación encontraron como único capital de la entidad dos pesos con 50 centavos y una deuda de $700.000, que era la suma de compromisos no pagados con ocasión del más reciente campeonato suramericano, celebrado en Chile en 1977, y de otros gastos menores. Este panorama, que debía asustar a cualquiera, fue motivador para Lus Alfonso Muñoz y el Comité Ejecutibo, que se trazó la meta de sanear las finanzas de la entidad.
Otra vez el sueño de una medalla mundial
Mientras se cumplían los requisitos para darle vida formal a la nueva entidad llegó el Décimo Campeonato Mundial de Pista, en 1978, con sede en Mar del Plata, Argentina. El Comité Provisional decidió que a pesar de la crítica situación económica el país debía estar presente, lo que se logró gracias a aportes de Coldeportes y de la Caja Social. Realizados los chequeos el equipo se conformó con Alfonso Cano, Agustín Ramírez, Hugo Moya y Luis Guillermo Lombana, como corredores; Dagoberto Mateus, en condición de técnico, y Jaime Sanpedro, como delegado.

A pesar del buen resultado deportivo, Lombana fue cuarto, el informe del delegado Sanpedro fue alarmante: “Los directivos del patinaje mundial no nos quieran ni ver, porque les debemos mucha plata. Para ellos no somos nada», señalaba el dirigente.
Ante este balance poco alentador porque a la deuda se agregaba cierto desprecio Internacional, Luis Alfonso Muñoz se propuso adelantar las tareas necesarias para lograr un cambio de opinión que debía comenzar conpagar las deudas, lo que se logró en los meses siguientes con la ayuda de Coldeportes.
Merced al balance del Mundial de Mar del Plata, Luis Guillermo Lombana se convirtió en el primer patinador colombiano de la historia en subir al podio del Deportista del Año en Colombia al ser elegido segundo, detrás del campeón mundial de boxeo en la categoría de los Supergallos, Ricardo Cardona, en los concursos que realizaban de manera conjunta la Asociación Colombiana de Redactores Deportivos, Acord y el diario El Espectador. Este veredicto le dio al patinador la máxima distinción entre los deportistas aficionados de Colombia en ese año 1978.
Votos de confianza en la asamblea de ligas
El comité provisional de la federación se tomó cinco meses para convocar la asamblea extraordinaria, que se realizó en el Hotel del Sena de Bogotá, a la cual asistieron delegados de las mismas cuatro ligas que estuvieron presentes en la caótica reunión de mayo de ese 1978. Atlántico estuvo representado por Rafael Naranjo, uno de los impulsores del hockey, única modalidad que se practicaba en ese departamento; Valle y Bogotá enviaron los mismos delegados de entonces, Daniel Delgado y Armando Sarmiento, respectivamente; Antioquia estuvo representado por el bogotano Enrique Leyva, y Cundinamarca por la profesora Consuelo Velasco, pero sólo con derecho a voz.
La gestión realizada hasta ese momento, que comprendía el pago de las altas deudas que tenía la entidad y el orden general impuesto, fue ponderada por los delegados presentes, quienes ratificaron en los cargos al grupo encabezado por Luis Alfonso Muñoz, como Presidente, y Guillermo González, como Secretario. Además, Héctor Cañón quedó en la tesorería, y Luis Enrique Torres de nuevo como Fiscal.
En vista de los graves problemas económicos que tenía la federación, el presidente Muñoz buscó fórmulas para enfrentarse a los embargos y otros procesos que impedían que la institución avanzara.
Poco después de comenzar el trabajo, el nuevo comité ejecutivo tomó la determinación de cambiar por segunda vez el nombre de la entidad, para borrar el pasado que frenaba su avance. En asamblea extraordinaria la entidad dejó de llamarse «Federación Colombiana de Hockey y Patinaje», para denominarse simplemente «Federación Colombiana de Patinaje», que es el nombre que tiene en la actualidad. Con esa jugada, criticada por un sector de la dirigencia deportiva colombiana que la consideraba tramposa, la rectora del patinaje borró deudas y compromisos anteriores que se consideraban impagables y comenzó una vida nueva.
Pero para poder adelantar un trabajo serio con el patinaje era importante seguir poniendo orden en la casa y darle entidad y peso a la federación.
La reorganización ya estaba en marcha por lo menos para alejar los demonios del pasado. Ahora era necesario darle un toque serio a la institución con la adopción de una estructura sólida y moderna que pudiera dar lugar a un trabajo fructífero.
Una vez consolidado el comité ejecutivo fueron reestructuradas las Comisiones Técnicas con los mejores expertos en cada modalidad: Consuelo Velasco de Baquero, en artístico; Fernando Campuzano, en hockey, y Alberto Arredondo en carreras, quienes aceptaron los cargos y diseñaron sus respectivos planes de trabajo.
Ese mismo año de 1978, Arnobia de Pedroza viajó a Pereira con la intención de asistir a un campeonato nacional de atletismo. Al observar que entre la tribuna y la pista de atletismo del estadio Hernán Ramírez Villegas existía una franja pavimentada buscó los planos del estadio y descubrió que esta zona había sido diseñada para una pista de patinaje, información que pocos conocían. Una vez realizados arreglos a algunas fisuras que tenía la cinta asfáltica, fue avalada por la recién constituida Liga de Hockey y Patinaje de Risaralda, que empezó a utilizarla con deportistas que llegaron a este deporte luego de continuas invitaciones y programaciones.
En 1979 se realizó en dicho escenario el Primer Campeonato Nacional Infantil de Carreras, con la participación de 300 deportistas en representación de 11 ligas afiliadas a la federación.

Una inesperada sede mundial
El siguiente paso emprendido por Luis Alfonso Muñoz fue traer al país el conocimiento y la tecnología, es decir, las asesorías de expertos de las potencias del patinaje y la más sofisticada implementación que pudiera ser utilizada por los deportistas colombianos.
Pero para poder abrir las puertas internacionales era necesario primero pagar las deudas y luego sí solicitar la colaboración de los expertos.
La cruzada comenzó en 1979 durante el campeonato mundial de pista celebrado en Mar del Plata, Argentina. Luego de cancelar siete cuotas que se le debían a la Confederación Suramericana de Patinaje, el presidente de la federación nacional, Luis Alfonso Muñoz, se reunió con el secretario de la FIRS, el alemán Gunter Bendorf, y le solicitó ayuda representada en técnicos para dictar cursos de capacitación y en implementación.
El europeo lo sorprendió con la contrapropuesta. Le dijo: «Si usted quiere que Colombia avance debe involucrarse más. Le propongo que organicen el Campeonato Mundial de Artístico de 1980. Con eso ustedes aprenden y nosotros conseguimos que a Suramérica entre esta modalidad».
En ese momento en Colombia se había celebrado un lejano Y pequeño campeonato nacional Y existían unos pálidos focos de practicantes sólo en Bogotá. Este paupérrimo panorama podría haber hecho desistir a cualquiera de la idea, pero Muñoz, convencido de que en lo deportivo poco había que mostrar y en lo organizativo mucho por ganar dentro de ambiciosas metas que tenía su federación, aceptó.
Si el objetivo de la reunión con el secretario de la FIRS era traer a Colombia «algo» de la tecnología y de los expertos del mundo, con la celebración de un mundial se garantizaba que un buen grupo de los mejores expertos de una especialidad atrasada en Colombia, llegaran en masa para brindar sus conocimientos, y que los equipos presentes trajeran lo último de la tecnología para brindarla a los principiantes nacionales.
Muñoz regresó feliz con la noticia y empezó a trabajar en el resto de 1979 para crear las condiciones óptimas para cumplir con el inesperado compromiso adquirido.
Próxima edición: Legado de Muñoz 2: un Mundial, en el “desierto” colombiano.





























