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Revista Olímpica

Lina Licona… del infierno a su nuevo paraíso

Después de estar a las puertas del retiro por una grave lesión, esta atleta cordobesa, que representa a Bogotá, se apegó a su fe y a su deseo de volver a correr. Estará presente en los Juegos Olímpicos París 2024, en los 400 metros planos, para coronar una meta que la había desvelado durante varios años.

Por Carlos A. Gracia B.

Periodista Oficina Asesora de Comunicaciones IDRD

Dicen que la fe mueve montañas y que los milagros existen. Por su experiencia personal, Lina Esther Licona Torres, puede decir sin duda alguna que esos dos adagios son muy ciertos, porque cuando nadie daba un peso por ella, logró la clasificación a la máxima cita del deporte mundial, los Juegos Olímpicos.

No es para menos. Hace tres años y medio (en noviembre de 2020), esta atleta -velocista- del Equipo Bogotá, estuvo a las puertas del retiro, cuando en una competencia en Quito, Ecuador, sufrió la ruptura del Tendón de Aquiles, una grave lesión que prácticamente sentencia la suerte de cualquier deportista. Todo indicaba que el destino de Lina era ese, dejar las pistas, retirarse. Incluso, lo único que pedía era, al menos, volver a caminar bien.

Foto: Alcaldía de Bogotá.

Un calvario

Aunque pudieron operarla dos meses después de la ruptura, el panorama era bastante oscuro. El fantasma de la retirada de su deporte empezaría a rondar en su cabeza y en el pensamiento de quienes estaban cerca de ella.

Sin embargo, su gran fe y la del cirujano, los llevaron a decir “vamos por ese milagro”. Ella puso todo su empeño y el galeno su conocimiento y pericia para dejarla como nueva. Fue ardua y extenuante la operación, y luego empezó el calvario de la recuperación.

“Recuperarse de esa lesión no es fácil. Tuve un trabajo sicológico muy grande para lograr lo que he conseguido ahorita. Esto es un milagro, porque nadie, ni los médicos, daban algo por mí, porque yo duré más de dos meses con el Aquiles roto, y me daban como retirada”, dijo casi entre lágrimas Lina.

Y agregó: “estoy muy agradecida con Dios; él todo lo puede. Solo él y mis seres más cercanos saben lo que viví, mi sufrimiento y lo que padecí en mi lesión. Me ayudaron a superar eso, incluso cuando pensé en retirarme. Solo pedía quedar bien tras la operación, al menos volver a caminar bien, y de ahí en adelante todo sería ganancia. Pero yo no soy de las que me rindo fácil. Le pedí a Dios su ayuda, me propuse salir adelante y vea ahora los resultados…”.

Foto: Running Colombia.

Echada p’alante

Nacida el primero de octubre de 1998, Lina Licona es oriunda del corregimiento de Boca de La Ceiba, cerca de Montería, Córdoba, y es hija única del matrimonio de Gustavo Licona y Sandra Torres. 

Fue una niña inquieta, muy activa y bastante independiente, aunque muy apegada a las normas de la casa. En busca de un mejor futuro se trasladó con la familia a Bogotá en 2004, cuando tenía seis años.

Por el afán de mantenerla ocupada y quemando adrenalina, sus padres la vincularon a una escuela de patinaje de carreras, en la cual estuvo algunos años y le fue bien. Sin embargo, en una actividad atlética ocasional le vieron sus dotes de velocista y la invitaron a probarse, y ahí cambió su vida.

De la mano del entrenador Leonel Gómez -quien la formó- empezó a correr y a abrirse camino en ese difícil mundo, con la seguridad que tenía futuro. Y hace siete años, cuando buscaba desarrollarse más como deportista pasó a manos de Mauricio Hernández, con quien ha conseguido sus mejores logros, y de quien no solo es pupila, sino amiga, confidente (de él y de su pareja Evelis Aguilar, también amiga de ella). 

“Con Mauricio llevamos siete años trabajando en la pista de la UDS. Ha sido un proceso duro, de altas y bajas, pero me siento feliz y orgullosa de lo que se ha hecho con él. Fue mi soporte en mi lesión y gracias a Dios pude volver, y acá estamos. Es mi entrenador, muy exigente, pero, además, es mi amigo. Hemos sabido separar las dos cosas y… bueno, ahí vamos consiguiendo los mejores logros”, indicó. 

Foto:IDRD.

Y dijo también: quiero mucho a Mauricio. Ha sido el artífice, quien me ha llevado a donde está. No lo voy a cambiar, todo lo que soy se lo debo a él. Es estricto, pero sabe lo que quiere, lo que uno tiene y lo explota al máximo. Y Evelis es mi mejor amiga, una persona humilde, un lindo ser humano. Compartimos mucho… Celebramos nuestros triunfos, nos aconsejamos…”.

Lina ha sabido combinar el deporte con su actividad académica. Se graduó de bachiller en el Intituto Tecnisistemas, y ahora está dedicada al atletismo de lleno. Quiere estudiar cocina, pero para eso requiere tiempo completo presencial, y de momento no lo hará. Pero sí se meterá en algo relacionado con el deporte el próximo año, porque le gustaría también ser entrenadora.

Su hijo Eliam de siete años es su todo, su motivación, por quien ella corre y trabaja. Sus padres le ayudan con él, mientras ella está en concentraciones o viajando y compitiendo. Cuando clasificó a París lloró mucho de alegría porque, era el premio a todo ese esfuerzo y para superar de una vez por todas lo que vivió. El momento del encuentro fue muy emotivo. El niño la abrazó y lloraron, y solo le dijo “te amo mami…”.

Le gusta dormir mucho. Escuchar toda clase de música, la relaja y la conecta para entrenar y correr. Se considera un poco tímida, pero ha mejorado mucho en eso.

No pensó que iba a hacer la marca en Quito; sabía que estaba cerca de lograrla, y lo iba a conseguir, pero no allá… creyó que iba a ser en Cali, en el Campeonato Nacional“pero se dio, salió bien allá y pues me disfruté ese momento. Quito es como Bogotá, entonces, la altura no me afectó”.

Esos 50.83 segundos, en los 400 metros marcaron su vida. Podrá mejorarlos, claro, pero seguirán vigentes por siempre, porque con ellos movió la montaña que parecía infranqueable, y se hizo el milagro de clasificar a los Juegos Olímpicos de París 2024.