Dentro de nuestra delegación nacional que participó con especial éxito en el Campeonato Mundial Juvenil de Pesas, en León, España, la vallecaucana Ingrid Segura fue la gran figura nacional, al proclamarse campeona absoluta de los 64 kilogramos.
Por Diego Alejandro Vargas Ramírez
Periodista del Comité Olímpico Colombiano
“La vida es un viaje, no un destino”. La anterior frase, del filósofo británico Alan Watts permite reflexionar al respecto de lo que, a menudo, sucede en la actualidad, pues con el pasar del tiempo se hace más fuerte la idea de considerar el objetivo como lo único y primordial. Sin duda alguna, en el deporte también está presente esa constante presión en la que, de no conseguir el resultado, se deja de lado todo el proceso que se realizó durante años.
Ante la asfixiante presión por romper marcas y superar los pesos, la atleta colombiana Ingrid Segura prefiere tomar una pausa, recordar quién es y concentrarse en el presente, en el proceso que le permitió proclamarse, recientemente, campeona absoluta en el Mundial de halterofilia Sub -20 que se desarrolló en León, España.

Antes de la arrancada y el envión
Previo a subir a los grandes escenarios para enfrentarse continuamente a un reto, una marca o un nuevo evento, nuestra protagonista enfrentó desafíos con los que dudó y pensó en dejar el deporte. Ingrid Vanesa Segura Grueso nació en Tuluá, Valle del Cauca, hace poco más de 18 años y, desde el primer momento, su entusiasmo, energía y curiosidad brillaron en su hogar.
“Era una niña muy hiperactiva. A mí no me gustaba hacer solo una cosa, aparte del levantamiento de pesas hacía fútbol y lucha, pero no me gustó”, con su característica alegría, Ingrid asegura que, desde siempre, su curiosidad la motivó a conocer y practicar diversos deportes. Sus acercamientos al fútbol comenzaron en los descansos de la primaria, mientras que la lucha fue un vaivén de poco menos de una semana.
Independientemente de la disciplina, para Ingrid el deporte se convirtió en un tipo de escape o lugar seguro durante la rutina del colegio. Eso sí, nuestra protagonista tuvo una especial conexión con el levantamiento de pesas, pues en su familia ya practicaban el deporte: “Me fui más hacia el lado de las pesas, porque mis primas ya las practicaban. Entonces, yo en el barrio veía que ellas se iban a entrenar, les preguntaba sobre eso y ahí fue donde me fui motivando. También, mi papá (Marquino Segura) me motivó todavía más”.
Su emoción por practicar el levantamiento de pesas fue palpable desde su primera clase en el Coliseo de su natal Tuluá: “Lo que más me gustó fue ver cómo se apoyaban entre todos y, en mi inocencia, miraba que todos levantaban bastante peso, por lo que me propuse a hacer lo mismo”. Aunque su entusiasmo era grande, desde el primer momento aprendió una valiosa lección: “Yo recuerdo tanto que cuando fui por primera vez a entrenar, yo ya sabía lo que era el envión, porque mi prima me había dicho. Lo primero que yo le dije al entrenador (Alejandro Orozco) fue que quería hacer envión, pero él no me dejó. Me explicó que tenía que hacer el proceso, aprender la técnica, y comencé solo con la barra”.
Se inició a sus ocho años inició y, poco a poco, fue progresando en la halterofilia. Sin embargo, no tardó mucho en enfrentarse a un desafío. Es bien sabido que el pensamiento colectivo sobre el levantamiento de pesas lo enfoca como un deporte para hombres, por lo que, constantemente, Ingrid se enfrentó al bullying que sus compañeros le hacían por la disciplina que practicaba.
Con sinceridad, la tulueña destaca que los comentarios la afectaron al principio, pero, con el tiempo, encontró la forma para defender su pasión por el levantamiento de pesas. Su esfuerzo y dedicación comenzaron a dar frutos y la sensación que le dejó uno de sus primeros campeonatos es inolvidable: “Fueron unos Juegos Departamentales. Yo participaba en la categoría de 36 kilogramos. En ese entonces, esos juegos eran los únicos en los que pagaban las medallas, pero había que esperar como cuatro años para que se realizaran. Entonces, la emoción y la aspiración de esos juegos era la de ayudar a mi familia, porque, pues, vengo de familia de bajos recursos”.
Aunque Ingrid dio su mejor esfuerzo en la competencia, las cosas no salieron como esperaba: “Quedé de cuarta… Yo lloraba y pensaba en salirme de las pesas, porque no entendía cómo era el deporte. Entonces, yo solo lloraba”. Ante su desolación, el entrenador Aymer Orozco le explicó lo que significa practicar un deporte: “Él me comentó que todo era un proceso, que debía ir de a poquito. Además, me recalcó que no siempre iba a quedar en el podio. Entonces, continué entrenando y, con el tiempo, fui mejorando en las competencias; ya quedaba tercera en el podio y me iba motivando más”.

Ingrid es muy expresiva; se entusiasma con las explicaciones que realiza, especialmente al reflexionar sobre el esfuerzo que diariamente realiza. Aunque se pueda considerar que la mejor recompensa para su empeño son nuevas marcas, ella va mucho más allá: “luego de mi última competencia en León, pensé en todo lo que tuve que hacer para llegar hasta ahí, y no soy solo yo la que se esfuerza; detrás de mí está mi entrenador, que me inspira todos los días a continuar entrenando. Desde el principio, todo ese trabajo ha estado ahí; yo siempre seguí, independientemente de las dificultades”.
Su esfuerzo es recompensado a través del reconocimiento de su valor, su fortaleza mental y su perseverancia. Su proceso y rendimiento se generaron gracias a su rutina diaria de salir de su hogar antes de las 8:00 AM. para ir al coliseo de Tuluá, en un trayecto de una hora de ida y de regreso; regresar para almorzar, y alistarse para ir al colegio a las 12:30 PM. A las 6:00 de la tarde regresaba a su hogar, y el día se terminaba haciendo las tareas o, cuando el tiempo lo permitía, jugando con sus amigos o compartiendo con sus papás y hermanos.
Ingrid no puede evitar sonreír cuando habla de su familia. Su mirada se desvía ligeramente y menciona que uno de sus recuerdos más importantes de su infancia fue el tiempo que compartió con sus hermanos Leicy Johana y Jhon Éider Segura, a quienes no ha visto desde hace más de cinco años, ya que no viven en Colombia.
Un horizonte nuevo
Dentro de su día a día, a la tulueña se le presentó una oportunidad: “cuando mi entrenador me comentó sobre la posibilidad de vivir en Perú, dije: ‘entre tantas personas, ¿por qué me eligieron a mí?’. Yo dije que sí, pero la noche previa a irme, cuando mi mamá me estaba ayudando a empacar la maleta, ya no quería hacerlo. Mis papás me insistieron en que podía hacerlo y me fui; aunque lloré mucho, me fui a Perú”.
Para ese entonces, nuestra protagonista no alcanzaba los 12 años de edad, pero esa oportunidad fue única, una que su entrenador, Aymer Orozco, ya radicado en Perú, luchó por hacerla realidad. Cuando partió hacia Lima, la estaban esperando Aymer, Alejandro y Marcela, hija de su entrenador. Por lo que, si bien era un nuevo reto, lo iba a afrontar con personas maravillosas, como las denomina ella.
Como parte de lo nuevo, el inicio fue complicado. Ingrid recalca que sus primeros pasos en Perú fueron difíciles, porque constantemente extrañaba sus cosas (su casa, sus costumbres, su comida), pero las personas que la acogieron en Lima permitieron que esta oportunidad mejorara. Nuevamente, el bullyingestuvo presente en el colegio, pero en esta ocasión estaba más preparada para afrontarlo.
Eso sí, los entrenamientos de su deporte fueron inolvidables y las personas con las que compartió la hicieron sentir parte de todo, de un progreso en el que aprendió lo que significa una derrota: “entendí los temas de los logros y aprendí a perder. Cuando compito, nunca pierdo; aunque no consiga una medalla, yo nunca pierdo, porque llego con enseñanzas nuevas; conocí nuevas personas y distintas culturas. El solo hecho de ganarse su cupo, de representar a Colombia y de estar ahí es un gran logro; yo me siento orgullosa”.
Su tiempo en la Villa Deportiva Nacional Videna, en Lima, fue de provecho; las enseñanzas le permitieron crecer como persona y como atleta, arraigando todavía más valores como el respeto y el compañerismo. Fueron alrededor de tres años en los que Ingrid estuvo en Perú, y aunque eventualmente viajaba de regreso a Colombia para compartir con su familia, por ejemplo, en las vacaciones de mitad de año, siempre mantuvo el enfoque en el deporte.
Previo a la pandemia del Covid-19, el grupo que residía en Lima tomó la decisión de retornar a Colombia, e Ingrid no le dio muchas vueltas: “Si hay que ser grande en el deporte, pues seamos grandes en Colombia”. Aunque una parte de su ser era feliz por volver, otra se preguntaba cómo enfrentar la situación de empezar, otra vez, desde cero en varios aspectos, como el colegio o sus compañeros en el deporte. Es innegable que la cuarentena le dio un giro de 180 grados a su rutina, por lo que se vio forzada a mantener su participación en los torneos de manera virtual, algo de lo que se alegra de no haber continuado posteriormente.
Mucho más que solo levantar peso
Tras su experiencia en Perú, Ingrid comenzó a estudiar de manera remota para culminar su bachillerato y mantenerse constante con su proceso y entrenamientos, donde comenzó a destacarse en algunos campeonatos, como el Mundial Sub-17 Arabia Saudí 2021 (campeona en envión y total) y 2022 (campeona absoluta), campeona nacional Sub-17, en 2020, 2021, 2022, y en la categoría juvenil 2022, además de ser oro en los Juegos Suramericanos de la Juventud Rosario 2022, en los Bolivarianos de la Juventud Sucre 2024, y campeona absoluta en el Mundial Sub-20 León 2024.

“Cuando voy a competir, me concentro solo en eso”, asegura Ingrid con ímpetu, pero destaca que no tiene un ritual previo a salir a la plataforma. Lo más cercano corresponde a arreglar su uniforme el día previo a la competencia: “Cuando voy a competir, me gusta llevar todo limpio. Entonces, una noche antes o en la tarde del día anterior, suelo limpiar mis botas, las muñequeras, mis vendas y dejo lista la ropa que voy a usar el día siguiente. También oro y le doy gracias a Dios, pero no es tanto un ritual; es algo que hago siempre”.
La colombiana siempre le agradece a Dios por lo que diariamente sucede en su vida, independiente de la experiencia que vive. Sus competencias y logros la llevaron a consolidarse como una de las promesas colombianas más importantes en el levantamiento de pesas; no obstante, esa presión es un tema que intenta manejar: “El día que yo no sienta nervios, me preguntaré qué me está pasando. Aunque más que los nervios, es la presión de la gente. Muchas veces el atleta ya consiguió medallas en certámenes mundiales, pero va a unos nacionales y, si no la consigue, es un fracaso”.
Antes que atleta, Ingrid se reconoce a sí misma como persona, con sus situaciones, problemas, miedos e incertidumbres, pero también lo hace con sus valores y principios, con la lealtad que les entrega a sus amigos; testigo de esto es la también pesista Ivanna Cerquera, y como su empatía es una pieza angular en su vida para reconocer y tratar a los demás.
“Mi sueño más grande es llegar a los Juegos Olímpicos y ser medallista. Pero mi sueño fuera del deporte es tener mi propia casa y formar un hogar; esto es más adelante”, expresa Ingrid con una seguridad tan grande como su corazón, pues asegura que en un principio no validaba tanto su talento, pero ahora intenta creer cada vez más en sí misma.
Su camino no ha sido sencillo, pero si algo la ha acompañado en su proceso, además de sus seres queridos, es la resiliencia ante las situaciones no tan positivas. Su experiencia la hizo reflexionar varias veces, pero tiene claro algo que le compartiría a la pequeña Ingrid que se iniciaba en el deporte: “Le diría que no se deje llevar por todas las opiniones de las demás personas. En algunos casos son importantes, pero a veces también es importante tu propia opinión. Si yo me hubiese dejado llevar por las opiniones de los demás cuando inicié en el deporte, quién sabe qué sería de mí”.
Su sencillez la acompaña a diario; no es de ostentar lujos, prefiere compartir con sus seres cercanos y conectar con la naturaleza en esas pequeñas escapadas de la rutina, donde puede vivir un momento único como lo es observar el atardecer. “Me siento feliz con quién soy, pero no conforme”, expresa, mientras sus ojos reflejan la seguridad en sus palabras. Reconoce el trayecto recorrido y los logros conseguidos, pero sabe que su crecimiento personal y deportivo deben continuar.
Ingrid Segura ya se prepara para sus próximos objetivos, como participar en los próximos Juegos Nacionales y dar el gran paso a la categoría mayores. Acompañada por sus seres queridos, por sus valores y principios, la tulueña continuará apuntando tan alto como las estrellas y tan fuerte como su proceso, pues no es solo cuestión de resultados; es gran parte por disfrutar los momentos del viaje al que llama vida.





























