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Revista Olímpica

Mosquera: una oda al trabajo y a la persistencia

El antioqueño Francisco Mosquera se convirtió en el segundo colombiano en ganar oro en un Mundial de Levantamiento de Pesas, que se celebra actualmente en Bogotá. Esta actuación le permite volver a abrigar la esperanza de consagrarse en los Juegos Olímpicos París 2024.

Por Jesús Miguel de la Hoz

Periodista del Ministerio del Deporte

En la cancha tres del barrio obrero en Apartadó, Antioquia, Francisco Mosquera soñaba ser como Camilo Zúñiga. Era su ídolo. Imitaba sus movimientos, su forma de correr, de centrar, de amagar. Incluso, jugaba en la posición de lateral derecho. No tenía más de 12 años, pero en su cabeza solo cabía una idea: el fútbol. Era un jugador rápido, gambeteador, desequilibrante, pero al momento de definir, el arco parecía cerrársele. El gol, denominado por el escritor uruguayo Eduardo Galeano como el orgasmo de este deporte, no era el fuerte de Mosquera. Así que, para ser útil para su equipo, Sintrainagro, le daban todas las libertades que él quisiera, pero al momento de llegar al área le prohibían rematar. “¡No pegue, no pegue! ¡Toque, toque!” eran las órdenes que salían de la línea de banda, en la que estaba parado el técnico, moviéndose de un lado para otro.

Además de querer ser como Zúñiga, seguía los pasos de su hermano mayor, Marino, a quien también idolatraba. Su anhelo era jugar tan bien como las imágenes que aparecían en su cabeza tras las escuchar palabras del mayor de los hermanos Mosquera. Aunque no era un jugador con gol, su velocidad era envidiable. Parecía que los guayos cauchosol que le había regalado su mamá, Ana Isabel, lo hacían volar. Era un jugador al que no le daba miedo encarar. Así se abrió paso a un equipo de Turbo al que le ponían el nombre en cada juego. Con esta escuadra solamente estaba en los partidos que se disputaban en su barrio o en Apartadó; a dónde más lejos llegó fue a Necoclí. “El entrenador confiaba mucho en mí, porque era uno de los mejores jugadores que tenía en ese momento”, recordó el antioqueño.

Sin embargo, el sueño no tardó en derrumbarse. El profesor del equipo quiso llevárselo para jugar un partido en Medellín. Solo tenía que poner la mitad del viaje, pero Mosquera nunca le contó a su mamá y declinó la invitación. “Conocía que nuestra situación no era fácil. No había para eso”, afirmó con la sinceridad que lo caracteriza. “Eso fue lo que me hizo dejarlo”. Desde entonces, su estilo de vida cambió. Sin un deporte que practicar empezó a andar con jóvenes con malas mañas, quienes ya tenían hasta alias. Fue un tiempo en el que estuvo a punto de tomar el camino equivocado, pero como le sucedía cuando intentaba marcar goles jugando fútbol, la puerta para pasarse a ese carril se le cerró.

“Me dijeron que robara un detergente, pero no pude hacerlo porque estaba lloviendo”, rememoró Francisco Mosquera, quien no oculta nada de su pasado y en ocasiones lo recuerda con una anécdota graciosa. “Lo cogí, me lo metí en el calzoncillo, empecé a sobarlo y se rompió. Como estaba lloviendo eso hizo un espumero grande y el señor de la tienda me pilló. Su gritó me hizo dejar el detergente tirado y salí corriendo en plena lluvia. Terminé con jabón por todas las piernas y con la convicción de que ese susto no lo volvería a pasar”. Sin superar los 14 años, se estaba convirtiendo en un amante de la calle. Se la pasaba por fuera de la casa todo el día hasta que su mamá le puso un “tatequieto” y lo metió en Libertad Asistida, una especie de internado regional, según explicó Mosquera.

Fue un hecho que marcó su vida porque le enseñaron a compartir, a hacer manualidades y le hablaron mucho tiempo de las cosas malas. Así que para alejarse por completo de las malas compañías siguió buscando en el deporte un escape. Intentó boxear, pero un golpe en el mentón fue suficiente para no continuar. También se probó en el atletismo. Sin embargo, el esfuerzo sobrenatural que tenía que hacer lo dejaba con el corazón en las manos, latiendo a mil por hora. Hasta que en febrero de 2005 conoció el levantamiento de pesas. No lo flechó enseguida. Solamente se sorprendió al ver a un compañero suyo, Amado Tobar, levantando 180 kilogramos de peso. No aparecieron visualizaciones, ni se dio cuenta que ese era su deporte: simplemente apareció el gusanito de la curiosidad y empezó a practicar.  

Lo primero que le gritaron fue: “si levanta esos 30 kilos puede llegar a convertirse en pesista”. Mosquera era un joven flaco. Su piel parecía pegada a los huesos y apenas había levantado pesas en su vida. Al frente tenía una de un peso considerable, pero no le importó y se atrevió. “Levanté el peso con la mejor técnica que pude y lo hice”. Tras superar la prueba conoció a quien se convertiría en su maestro, su tutor y su consejero, Giovanny Moreno. Al entrenador le gustó lo que había visto y de inmediato, sin perder tiempo, empezó a ponerle ejercicios. “Me puso a saltar, a hacer planchas, a correr. Al principio no creía mucho en su método, pero aun así siempre regresé”. En ese tiempo no pensaba que iba a ser el deporte que le diera reconocimiento, pero sí hacía con esmero cada trabajo que le ponían.  

“Giovanny tenía mucha destreza para enseñar y direccionar a los jóvenes. Incluso siempre llevó con él una varita con la que me corregía los movimientos que hacía mal”. De a poco se vio tan metido en esta práctica, que le gustó y con el paso del tiempo se enamoró. Empezaron a llegar los títulos. Ganó bronce en un departamental. Era la primera medalla de su vida. Cuando su mamá se dio cuenta de qué se trataba el deporte lo regañó. “Ese deporte es como para burros”, le dijo. Pero el antioqueño nunca respondió. Así que tomó la decisión de ir a entrenar escapado. “Mi mamá siempre pensó que yo me iba a vender palitos de queso. Yo salía siempre a las cinco de la mañana, sacaba diez palitos y me ganaba tres mil, pero cuando practicaba no iba a venderos, sino que me los comía y me iba a hacer mis actividades con todo y canasta. Al final del día llegaba sin la plata de la señora, sin mi plata y sin palitos. Ese era un lío grande”, recordó entre risas. 

Mosquera, campeón en los Juegos Bolivarianos Santa Marta 2017.

La estrategia con Giovanny era clara: ir prueba a prueba, sin afanes, para no llenarse de frustraciones. Su primer objetivo era disputar unos Juegos Nacionales, y para cumplirlo visualizaba el camino que tenía que seguir. Pero antes de estar en las justas más importantes del deporte en el país llegó a la selección de Colombia sub-17, con la que tuvo su primer roce internacional. Empezó a competir en campeonatos juveniles. Fue subcampeón suramericano y panamericano. Desde entonces empezó a sonar con fuerza el nombre Francisco Mosquera, para nunca más dejar de repetirse.  

Con dificultad logró entrar a la Escuela Nacional del Deporte. Para él fue un momento único. “Pensé: ‘estoy logrando algo en mi vida, pasé a la escuela nacional del deporte’”. Ese proceso lo inició con Ivan Naidenov, que en ese tiempo era entrenador en Medellín. Perfeccionó su técnica y sus marcas empezaron a mejorar. Después estuvo con Rumen Alexandrov, con quien tocó el cielo con las manos. Quedó subcampeón mundial juvenil en envión, tercero en arranque y en total. Además se coronó campeón panamericano y sudamericano. Su nivel era notable, tanto que entró a concentrarse con la selección de Colombia para Londres. 

Sin embargo, en los Panamericanos de Guadalajara sufrió un gran percance. “Se me encalambró todo el cuerpo”. Ese contratiempo se dio debido a que se tenía que  mantener mucho tiempo el peso por debajo los 56 kilogramos, puesto que era la categoría en la que competía. El cuerpo ya le había avisado en el Mundial de París, en el que sufrió principio de luxación. Pero el calambre en México acabó con sus esperanzas de mantenerse en la selección. No logró asistir a los Olímpicos, pero regresó con todo. Se subió a los 62 kilogramos y empezó a tener actuaciones notables. Terminó quinto en arranque y cuarto en envión y total en el Mundial de Wroclaw en Polonia, y cerró el pasado ciclo olímpico con tres medallas de plata en el Mundial de Houston en 2015. Todo pintaba para grandes cosas en Río de Janeiro. Se perfilaba como una de las grandes figuras de Colombia, pero sufrió una lesión en la rodilla en unas prácticas para las justas. 

Eso acabó con sus aspiraciones. Tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Fueron 14 meses de trabajo arduo, de recuperación. Oswaldo Pinilla siempre estuvo a su lado, al igual que la fisioterapeuta María Cristina Pazos. Fueron momentos duros, pero nunca se rindió. Se entregó en cuerpo y alma para regresar en la mejor manera. Hasta que en el campeonato nacional que se realizó en Guatapé se le dio la oportunidad. “Pinilla quería dejar claro que, sin importar el nombre, el que quisiera estar en la selección se lo tenía que ganar. Y eso hice”. No fue fácil. Las piernas le temblaban, el corazón le palpitaba más rápido. Era su primera competencia después de la lesión. Aunque venía entrenando fuerte, en la práctica, cualquier dolorcito, parece grave. Pero tuvo una buena presentación. Aunque alzó 132 kg en arranque, en envión respondió mejor de lo que imaginaba, terminó con una marca de 160 kg. “Me gané el cupo a los Juegos Bolivarianos, en los que gané tres medallas de oro, que me abrieron el camino para el Mundial de Anaheim (California)”.

En Anaheim, Turquía, Francisco Mosquera se consagró por primera vez campeón mundial, en 2017. Foto: El Heraldo.

En Anaheim regresó por lo alto. Demostró que el potencial que tiene no lo tiene cualquiera. No empezó bien. Levantó 130 kg, en arranque, pero en envión alzó 170. Dejó a todos sus rivales atrás. Ganó medalla de oro en esa categoría y en total. Se convirtió en el segundo pesista masculino en la historia de Colombia en ganar una presea dorada, emulando lo hecho por Óscar Figueroa en 2013. Tal vez, el país aún no asimila lo que Mosquera logró. 

Francisco Mosquera gana el oro en los Juegos Panamericanos Lima 2019.

En ese mismo año, Mosquera logró el título de los Juegos Suramericanos y en 2019, en de los Juegos Panamericanos de Lima, con lo que ratificó sus enormes condiciones y sus posibilidades de figurar en los Juegos Olímpicos Tokio 2020. Sin embargo, la Federación Colombiana de Levantamiento de Pesas fue sancionada antes de la cita japonesa, al comprobarse tres casos de doping de pesistas nacionales, con la pérdida de cinco de los ocho cupos ganados para ese certamen, lo que trajo como consecuencia, que Mosquera no fuera incluido en el equipo nacional.

Ahora se consagra de nuevo, en el Mundial que se celebra en Bogotá, al levantar  325 kilos en la división de los 67 kilogramos y se coronó campeón del total olímpico, y segundo en el envión, luego de superar al chino China Lijun Chen, y a rivales de Turquía, Uzbekistán, Kazajistán, Ecuador, Tailandia, Madagascar, Corea del Sur y China.

Tras los buenos resultados del último año, Mosquera queda en primer plano, para buscar una medalla en los Juegos Olímpicos París 2024.

Colombia suma tres preseas de oro, tres de plata y seis de bronce. El Mundial, que finalizará el próximo 16 de este mes, tiene en acción a 550 deportistas de 93 países y es el primer clasificatorio para los Juegos Olímpicos de París 2024.

El colombiano Francisco Mosquera se adjudicó este domingo 2 de octubre la primera medalla de oro de Colombia en el torneo de levantamiento de pesas de los XII Juegos Suramericanos Asunción 2022, al conquistar el primer lugar de la división de los 67 kilogramos.