Muchos jóvenes creen que ser “hincha popular” o “barrista” es solo sentir la adrenalina de la tribuna, vestirse con la sudadera y gorro distintivo de estos, llevar un trapo, legitimar el consumo de alcohol, drogas y hasta delinquir.
Por William Ricardo Zambrano
Postdoctor en Dispositivos Digitales. Doctor en Sociedad de la Información y del Conocimiento. Magíster en Comunicación Social. Especialista en Televisión y en Gerencia de Recursos Humanos. Comunicador Social y Periodista. Administrador de Empresas, y Publicista y Mercadólogo. Estudios avanzados en investigación en Gestión del Conocimiento.
En 1995 nacen los “Ultras” y “Frente Radical Verdiblanco” (F.R.V) del Deportivo Cali; “Disturbio Rojo” (D.R.), “Los Fúnebres” de América y “Holocausto” del Caldas de Manizales. Eran grupos formados por 45 a 50 hinchas que no permitían que los aficionados vieran los partidos sentados; los insultos eran para los árbitros, la policía y las barras contrarias.
La idea fue copiada y con esa nueva filosofía, nace “Escándalo Verde”, de Atlético Nacional, barra que crea varias sedes en diferentes partes del país. Los manejos no compartidos y su ideología llevaron a un colectivo minoritario a formar otro grupo “Los Hijos del Sur”, nombre que tenía que ver con las barras de Chile. Hoy en día son más de 20 mil sureños.

Ese mismo año 1995 aparece “Rexixtenxia Norte”7. Sus doce gestores llegaron a la parte baja de la tribuna norte del Estadio Atanasio Girardot. Eran muchachos de bien, de buenas familias, la mayoría estudiantes universitarios que querían el fútbol de otra manera, no de la forma ortodoxa y sin los elementos organizativos de las otras barras, como “La Putería” o “La Ira Roja”. Este nombre se debía a la manera de aguantar, del ayuno de títulos de Medellín, 45 años sin ser campeón, después de 1957 volvió a ser campeón en 2002-II, repitió en 2004 (torneo apertura) y 2009 (torneo finalización); hoy cuenta con 11.200 barristas.
La inconformidad de estos grupos de hinchas, cansados de pertenecer a barras tradicionales donde priman otros intereses, se fue extendiendo por todas las ciudades donde había fútbol. Un año después del surgimiento de la primera
En Rexixtenxia Norte son abolidas las letras s, c y z, y remplazadas por la x al momento de darles nombre a los frentes. La x es un símbolo agresivo, de ataque, con ella se corrigen los errores. También, puede ser un elemento distintivo frente a los demás. Otra interpretación de la x, en este caso, como el puño levantado y el golpe fuerte a la mesa, puede ser una expresión de fuerza.
La idea se desbordó por todo el país. Crecieron en forma desmesurada hasta llegar a conformar colectivos en la Capital de la República. En Bogotá, estos grupos nacieron en El Campín influenciados por las barras argentinas, paraguayas, chilenas y antioqueñas, que no vivían sólo el fútbol y la emoción del gol, sino la fuerza y la violencia. Esto se trasladó a las tribunas donde se jugaba otro partido con objetos contundentes que atemorizaban a los impávidos espectadores que gozaban de la fiesta del fútbol. Esas rivalidades en las graderías fueron motivando a grupos minoritarios de ocho a diez hinchas que querían imitar a las barras bravas.
“Eran grupos muy pequeños, conformados por muchachos, en su mayoría. Había una barra del barrio Santa Fe que venía a pedir boletas al club, imitando a los hinchas argentinos; asistían al Club de Carabineros de Suba (campo de entrenamientos del equipo) a ver y animar a los jugadores. A veces iban al Hotel Cordillera (sede de concentración) a pedir autógrafos y dinero”, recuerda Guillermo Cortés (q.e.p.d), ex presidente de Santa Fe.
Se creó una caja común entre los hinchas más allegados a cada colectivo para financiar el trago, el papel picado y la pólvora. Se armó un triunvirato: las barras de Kennedy, La del 20 de Julio y la de Chapinero. Se hizo famoso el estribillo:
¡La barra es mi alegría. La barra es mi pasión. Donde canto, lloro y grito. Con todo mi corazón!
Se nombraron comisiones para “reclutar” hinchas y organizarlos. Se crearon “Fuerzas de Choque” encargadas de buscar y provocar peleas, además de detectar infiltrados. Se trazaron calles y avenidas circundantes al estadio como zonas estratégicas para interceptar al enemigo.
“Mire, las barras de Medellín y Cali principalmente venían armadas a Bogotá, hacían lo que querían, y nadie les decía nada. Nos tocó organizarnos, apropiarnos de varios sectores dentro y fuera del estadio. Después se dieron cuenta que nos estábamos armando y nos sapiaron ante la policía”, dice El Ganzo.
Con el transcurrir del tiempo estos grupos fueron evolucionando, se volvieron cada vez más radicales y violentos. Copiaron principalmente el modelo argentino; los de Millonarios, de clase alta, de dinero, los del norte y de tez blanca como su ídolo Ricardo Lunari. Los de Santa Fe, de clase baja, poco dinero, los del sur y de tez morena como Adolfo El Tren Valencia. La tribuna del norte para los azules y la del sur para los rojos.

El estadio se convirtió en el teatro de las relaciones y las representaciones de varios aspectos de la vida social, y una prolongación de las pasiones de los hinchas. No importaba el resultado de un partido, ni quien lo ganara, sino quien dominara y se hiciera sentir.
El fanatismo en El Campín fue mucho más fuerte que la pasión por alguno de los dos equipos de Bogotá. Los directivos de estos equipos bogotanos se vieron obligadas a recurrir a la Fuerza Pública para organizar rigurosos operativos para proteger a los hinchas pacíficos.
Sin embargo, el bombo y sus integrantes contestaron a la represión:
¡Ahí viene la tombería, guarden toda la caleta no sea que la encuentren y se acabe la chupeta!
Eran grupos que comenzaban a despuntar, pero desorganizados y carentes de imaginación, puesto que adoptaban modelos extranjeros para crear sus cánticos:
¡No queremos a las gallinas, no queremos a cagones, son todos hijos de puta,
y por supuesto maricones!
Poco a poco estos pequeños colectivos se fueron organizando al mando de líderes como el Ganso Osorio, el Cuervo Bonilla y el Profe Alfredo, que propiciaron que el incipiente triunvirato terminara con crear grupos independientes para apoderarse de la tribuna norte del estadio.

Los periódicos anunciaban una escalada de violencia entre estos colectivos, La Guardia Albi-Roja y Los Comandos Azules. Se hablaba de la aparición de “barras bravas” en Bogotá. La dirigencia de ambos equipos capitalinos estaba incómoda con la manera de actuar de estos pequeños grupos; a la postre aceptaron la realidad, porque sus integrantes eran los únicos que seguían permanentemente a sus divisas. Se tenían por parte de Santa Fe: “Expreso Rojo”, “Barra la 24 sur”, “El Glorioso Santa Fe”, “Galaxia Roja”, “Barra la 25” y “Barra Cardenales”. Y por Millonarios: “Estrella Embajadora”, “Camerino Azul” “El Rincón Azul”, “Dinastía Embajadora”, “Amigos de Oriental”, “Barra Juventud Azul” y “Estrella Embajadora”.

Empezaron a aparecer lemas por parte de los hinchas de Santa Fe y de Millonarios, como “Dale Rojo Campeón”; “Yo soy azul desde que estuve en el vientre de mi madre”. Había entrado incipientemente la moda de las caras pintadas y de las máscaras. La dirigencia solicitaba la inscripción de estos grupos a las barras oficiales ya conformadas.
A pesar de las reiteradas peticiones de los dirigentes, los grupos no inscritos se negaban a integrar oficialmente las barras de los equipos bogotanos; eran herméticos y distantes; se consideraba un asunto de seguridad interna hablar con “extraños”. Se sabía que tanto la policía como los directivos estaban a la caza de los verdaderos nombres de los responsables que estaban alejando a los aficionados del estadio por su agresividad y temeridad.
Luego empezó a llegar una nueva generación de muchachos que comenzaron a tomar la posta de los líderes de mayor edad. Se hicieron sentir en El Campín, de “mover” la tribuna y al bombo, de teñir las graderías de azul y rojo, a poner las pancartas y banderines sobre las mallas y separadores del sector sur.
“No deseábamos inscribirnos oficialmente en el club, porque nos detectaban rápido; además, porque no queríamos, a lo bien, someternos a las reglas chimbas de las barras del club. Nuestra consigna era ser diferentes, animar al equipo en las buenas y en las malas; saltar y gritar los noventa minutos; llevar banderas grandes; y hacer respetar el estadio”, cuenta El Cuervo.

Aquellos que habían resultado “victoriosos” en las peleas callejeras, o habían “robado” banderas “enemigas” se les condecoraba. Todos trataban de hacer méritos suficientes para crear barras fuertes, como las llamaban.
“Una noche sorprendimos a los hinchas del Nacional frente a Galerías (Centro Comercial), estaban reunidos y tramando algo. Les caímos, les quitamos todo incluyendo las banderas. No hubo tropel porque los manes no opusieron resistencia, salieron corriendo como gallinas. Luego los integrantes de nuestra barra se enteraron, nos felicitaron y nos consideraron como los más duros del grupo”, recuerda Pepón.
Estas barras bravas se caracterizaban por llevar la fiesta a la tribuna y fomentar el folclor del fútbol con los cánticos, bombos, redoblantes, banderas, papel y demás, sin ánimo de violencia ni delincuencia. Entender la competencia deportiva; las reglas del fútbol, las características del juego, saber la nómina de su equipo, los cambios, diferenciar tácticas y estrategias; a fomentar la visión competitiva sin caer en roles de choques con otros “barristas” de otros equipos. Estar pendiente de la situación de la institución, al tanto de su administración, el costo de la nómina, debe ser un veedor, como cualquier ciudadano que vigila lo que pasa con su ciudad.

“Hay que corregir los imaginarios errados que hay acerca de lo que significa ser “barrista”, de hecho, este concepto no existe. El correcto es “hinchas populares”. Muchos jóvenes creen que ser “hincha popular” o “barrista” es solo sentir la adrenalina de la tribuna, vestirse con la sudadera y gorro distintivo de estos, llevar un trapo, legitimar el consumo de alcohol, drogas y hasta delinquir. Eso no es así. De hecho, en Argentina el ser barrista es sinónimo de delincuente, expresa Diego Rodríguez, Carachas, ex dirigente de La Guardia Albi-Roja Sur.
Es decir, estos “barristas” aprendieron muy rápido de Europa y Suramérica e iniciaron una nueva etapa en la historia de las barras de la capital. Eran pequeños colectivos que fueron aumentando en número de integrantes y tomando fuerza hasta crearse las barras bravas de Bogotá “Los Comandos Azules” y “La Guardia Albi-Roja”, las barras bravas más representativas de Millonarios y Santa Fe, respectivamente.





























