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Revista Olímpica

El “Tremendo” recorrido de Yuberjen

Este joven, de extraño nombre, medallista olímpico de boxeo, en Río 2016,  no solo peleaba por ganar. Peleaba por los que no podían. Por los que luchan a diario contra sus propios Goliats. Por el niño que fue, por su familia, por el Urabá, por Colombia.

Por Filiberto Rojas Ferro

Coordinador de comunicaciones Comité Olímpico Colombiano

La historia de Yuberjen Herney Martínez Rivas es el retrato de miles de colombianos que han hecho de la adversidad una escuela de fortaleza. Pero lo que distingue a este medallista olímpico nacido el primero de noviembre de 1991 en Turbo, Antioquia, no es sólo su recorrido desde la pobreza, sino la forma como convirtió su vida en ejemplo de humildad, coraje y solidaridad.

Desde pequeño, Yuberjen mostró un rasgo que sería su sello: ayudar al otro, incluso si eso significaba quitarse la camisa para entregársela a alguien más necesitado. Su vocación por el servicio fue descubierta por sus padres, Juan Martínez y María Rivas, líderes de una iglesia cristiana en el Urabá antioqueño, donde criaron a sus seis hijos bajo los principios de la fe y la resiliencia.

BUENOS AIRES, ARGENTINA – MARCH 18: Yuberjen Hemey Martinez Rivas, of Colombia celebrates with his medal after winning the Men’s 46-49 kg category as part of American Olympic Qualification Event Buenos Aires 2016 at La Rural on March 18, 2016 in Buenos Aires, Argentina. (Photo by Amilcar Orfali/LatinContent/Getty Images)

Pero la vida lo sacó pronto de la oración al combate. Aunque su entorno religioso le pedía poner la otra mejilla, él respondía con puños a los abusos callejeros. El contraste no pasaba desapercibido: el hijo del pastor se hacía temido en las peleas del barrio. Solo el tiempo revelaría que no era violencia, sino carácter. Que no era rebeldía, sino vocación. Porque en cada golpe había más coraje que rabia.

Antes de llegar al ring, fue bicicletero, vendedor de dulces, lavador de motos, albañil y “palero” en las bananeras. Cada oficio era un paso más en la dura ruta de la supervivencia. Hasta que el boxeo apareció como un camino posible. En Chigorodó, el entrenador Wílber Blanco vio en aquel joven flaco y chispeante un diamante en bruto. Sin recursos, pero con alma de guerrero, Yuberjen entrenaba con disciplina férrea, alimentado por la voluntad y, a veces, por Bienestarina.

Más tarde, Abelardo Parra reforzó su formación y lo llevó a destacarse en Antioquia. En 2013, llegó a la Selección Colombia bajo la dirección del cubano Rafael Iznaga, quien le enseñó los secretos del boxeo técnico. Lo que seguía era un ascenso imparable: bronce en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz 2014 y plata en el Panamericano de Tijuana 2015.

Pero el punto de quiebre llegó en Río 2016. Allí, el “Tremendo” —como lo apodaron por su energía arrolladora y carisma natural— sorprendió al mundo. Con agilidad, estrategia y un corazón indomable, venció al brasileño Patrick Lourenco, al filipino Rogen Ladon, al español Samuel Carmona y al campeón mundial Joahnys Arcilagos. Solo el uzbeko Hasanboy Dusmatov pudo frenar su camino en la final. Colombia celebró una medalla de plata histórica.

Ese metal cambió su vida para siempre. El muchacho del Urabá que vendía dulces se convirtió en héroe nacional. Yuberjen no sólo subió al podio olímpico, también elevó al boxeo colombiano con su humildad, fe y sentido de justicia.

En los años siguientes brilló en todos los eventos del ciclo olímpico. Pero en Tokio 2020 (disputado en 2021), vivió una de las decepciones más duras de su carrera: fue eliminado en un combate en el que muchos lo vieron vencedor, pero el juzgamiento favoreció al local. Ese fallo dejó una herida en su trayectoria, una que marcaría el inicio de su retiro del alto rendimiento.

Aunque tuvo breves incursiones en el boxeo profesional, el legado de Yuberjen ya estaba escrito. Forma parte del selecto grupo de cinco boxeadores colombianos que han subido a un podio olímpico, y probablemente sea el más querido por su autenticidad y calidad humana.

Porque Yuberjen no solo peleaba por ganar. Peleaba por los que no podían. Por los que luchan a diario contra sus propios Goliats. Por el niño que fue, por su familia, por el Urabá, por Colombia.