Forma parte de la actual élite del judo colombiano, aquella que ha heredado la gloria de la doble medallista olímpica, Yuri Alvear Orejuela, quien se ha convertido en la luz de las nuevas generaciones. Este vallecaucano ha llegado a la plenitud de su desarrollo deportivo, luego de superar numerosos obstáculos, vencidos con el apoyo de su familia.
Por Alberto Galvis Ramírez
Director Revista Olímpica
Francisco Balanta Ahumada, una de las grandes figuras del judo en Colombia, es el vivo ejemplo del atleta que se ha enfrentado a los más variados obstáculos atravesados por la vida; que ha superado sus propias inseguridades y debilidades, y que ha caído varias veces, para levantarse y seguir adelante, gracias a una resiliencia que ha venido construyendo y que hoy, a los 27 años, lo tiene en la plenitud de su rendimiento físico.
Nacido en Cali, el 11 de marzo de 1998, en el hogar de Gonzalo y Cristina, su destino se empezó a definir a los ocho días, porque su camino fue Jamundí, la meca del judo vallecaucano, a donde se fue a vivir toda la familia, en busca de una mejor oportunidad laboral para su padre, quien logró un contrato en la Agropecuaria La Pradera.

Su niñez fue la de un niño normal, con un valor agregado: era demasiado inquieto, tan inquieto, que sus padres le buscaron un deporte que le permitiera desbordar la hiperactividad que lo dominaba. Francisco quería el karate, que le llamaba la atención por el despliegue de fuerza y explosión, que le permitía dejar todas sus energías en el tatami. Sin embargo, la empresa en donde trabajaba su padre estaba comprometida con la cantera de judocas descubiertos y formados por Ruperto Guañua, el forjador de varias generaciones de practicantes, la más notable, la doble medallista olímpica, Yuri Alvear, quien en 2008 había participado en los Juegos Olímpicos de Beijing, era reconocida como una de las mejores del mundo y un modelo a imitar. Apropecuaria La Pradera apoyaba económicamente a los jóvenes estudiantes de planteles educativos de Jamundí que practicaran judo. Francisco estudiaba en el Colegio Rosalía Mafla, de Jamundí, que les brindaba comodidades académicas a sus estudiantes que se dedicaran al judo. Entonces, el niño Francisco renunció al karate para pasarse al judo, que era muy parecido, y le permitía desfogar todas sus energías. Además, Guauña era profesor de esa institución educativa, lo que les brindaba a los judocas-estudiantes, espacios para compartir con el instructor, alrededor de este arte marcial y de su edificante filosofía.

Primer retiro del judo
A pesar del patrocinio de la empresa a los jóvenes aspirantes a judocas de Jamundí, Francisco empezó a tener problemas económicos, porque su padre no podía sufragar los gastos adicionales generados por su deporte, como la compra de dos uniformes, de $ 70.000, cada uno, y los desplazamientos hacia el gimnasio y demás costos, propios de los entrenamientos. Entonces Francisco, de nueve años, decidió retirarse para quitarle a su padre esa carga, que estaba afectando las finanzas de la familia.
Después de dos años de una agobiante quietud, el profesor Guauña, quien extrañaba al pequeño Francisco, en quien veía muchas condiciones, decidió hablar con sus padres para convencerlos de hacer un esfuerzo y apoyarlo económicamente en uno de los dos uniformes, que eran el gasto mayor y se comprometió a conseguirle la segunda indumentaria con la alcaldía de Jamundí, que había decidido apoyar el judo, luego de la participación de Yuri Alvear, en los Juegos Olímpicos de Beijing. Gonzalo, su padre, aceptó la propuesta y Francisco volvió a los entrenamientos.

Segundo retiro del judo
Sin embargo, al poco tiempo de su retorno, ante el incremento del valor de los uniformes, o judogis, obligatorios en las competencias de judo, que ahora costaban $ 250.000, de nuevo Francisco decidió retirarse, por segunda vez.
En 2010, con 12 años, y bastante aburrido porque se había enamorado del judo, Francisco encontró el apoyo que le faltaba en su abuela paterna Prudencia o Pura, a quien él llamaba Mamita Pura, quien trabajaba en las minas de oro de Buenos Aires, Cauca, como chatarrera, es decir, escarbando en las rocas negras que quedaban luego de extraer el oro. Gracias a los pedacitos casi invisibles que encontró, en agotadoras jornadas enfrentada a las piedras, pudo reunir el dinero suficiente para comprarle a su nieto ese uniforme de tela de arroz, que costaba $ 250.000, mientras su padre adquiría el segundo atuendo, en una talla más grande, para que le durara más, en su época de crecimiento.
De nuevo en competencia, Francisco empezó a destacarse en torneos nacionales, a los cuales asistía, apoyado por la empresa familiar que acudía a cualquier idea -vender empanadas o hacer préstamos bancarios, por ejemplo- para completar el dinero necesario para esos viajes.
Su primer gran éxito internacional lo obtuvo en 2011, en el suramericano sub-13, que se realizó Montevideo, Uruguay, en el cual obtuvo medalla de bronce y ganó la Copa Montevideo.

Yuri empieza a dejar su huella
Al año siguiente, Yuri Alvear ganó su primera medalla olímpica, bronce en Londres 2012, que impulsó mucho más el judo, en Jamundí, y le dio nuevos bríos a la carrera de Francisco, quien empezó a destacarse en los torneos nacionales, ahora con la inspiración de la gran figura, de ese referente que sería el motor de los judocas colombianos en la siguiente década.
En Francisco Balanta, ya convertido en una realidad, aunque aún en formación, se despertaron todas las inquietudes que su proceso de maduración acumulaba día a día: se acercó mucho más a Yuri, su ídolo, a quien quería imitar, especialmente en sus viajes por el mundo. Cuando sus impulsos eran muy fuertes, Francisco sufrió la fractura de la tibia derecha y debió marginarse durante ocho meses de los entrenamientos y de las competencias.
Esta nueva prueba fortaleció la resiliencia que había venido construyendo, gracias a los obstáculos económicos que se le habían atravesado y que lo habían sacado de las competencias dos veces. Al regreso atravesó una dura etapa de derrota tras derrota, que estuvo a punto de provocar su tercer retiro. Sin embargo, de nuevo su madre saltó a la escena para empujar a su hijo a continuar, ahora, porque estaba convencida del futuro que él estaba construyendo y, además había un segundo y poderoso motivo para evitar que su hijo declinara: los más destacados atletas de los Juegos Intercolegiados recibirían un apoyo de 40 millones de pesos, para sus estudios universitarios. Esto le ayudó a Francisco a superar la crisis mental, que le impedía ganar, que fue complementada por una tarea en este sentido, que realizó el sicólogo de Indervalle, Fanor Peña.
Como consecuencia de este nuevo motor, Francisco ganó en los Juegos Intercolegiados de 2015 y obtuvo esa beca de 40 millones, para sus estudios universitarios. Un año después se graduó como bachiller y se matriculó en la facultad de Administración de Empresas de la Escuela Nacional del Deporte, de Cali.

En 2017, con 19 años, luego de participar en un Mundial, en Croacia, Francisco Balanta, invitado por el dominicano Robert Florentino se radicó en Valencia, España, que tiene uno de los mejores centros de alto rendimiento del judo en Europa, y apoyado por la Fundación Soy + Deporte, que le brindaba el alojamiento, mientras Francisco pagaba su alimentación, de los recursos percibidos como parte del programa Excelencia, de Coldeportes.
Adiós a los estudios
Sin embargo, menos de dos años después de comenzar su carrera, la gran cantidad de competencias internacionales y un estancamiento en sus capacidades, que lo empezaron a alejar de los primeros lugares, lo llevaron a tomar la dura decisión de abandonar sus estudios, para dedicarse por entero al judo.
En 2019, Francisco Balanta logró su más importante resultado, al obtener la medalla de plata en los Juegos Panamericanos Lima 2019. Empero, un nuevo obstáculo surgió ante el mundo: la pandemia del COVID 19, que frenó por completo las actividades y encerró al mundo entero durante varios meses. Al final de este duro desafío, Francisco Balanta regresó a las competencias, y al año siguiente tuvo un imprevisto, que casi lo saca de competencia.
Residenciado en Valencia, España, integró una delegación colombiana a un torneo en París, al cual llegó con sobrepeso y fue descalificado sin competir. Entonces la Federación Colombiana de Judo lo sancionó, quitándole parte del sueldo que ganaba, como Deportista Excelencia.
El resultado de este insuceso fue que pasó de la categoría de los 90 kilogramos a la de los 100, en la cual se estrenó con una derrota en Perú, en el primer combate. Este resultado le generó su no convocatoria a los siguientes Juegos Bolivarianos y Juegos Suramericanos. Y cuando terminó el año perdió todo el apoyo por parte del gobierno nacional.
Comenzó el 2023, con la tarea de destacarse en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Salvador, que se celebraron en agosto. Y en el país centroamericano ganó la medalla de oro, y dos meses después volvió al programa Excelencia. El año lo cerró con bronce en los Juegos Panamericanos de Santiago de Chile.
En 2024 su principal objetivo era obtener el cupo continental para los Juegos Olímpicos de París, pero debió ser operado de una lesión en su muñeca derecha, que fue pagada por el Comité Olímpico Colombiano, por lo que aplazó su sueño para los correspondientes al año 2028, en Los Ángeles.

En la actualidad vive en Budapest, Hungría con su esposa, la húngara Sziltia, y su hija Alina, nacida en diciembre del 2024.
Sus objetivos para el 2025 son el Campeonato Panamericano, en Santiago de Chile; el Mundial, precisamente en Hungría, y los Juegos Bolivarianos, en Perú.





























