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In Memoriam. Adiós al Gigante de Torices

Dagoberto González Pájaro, fallecido en Orlando, Florida, el pasado 30 de mayo fue un referente del atletismo y del deporte colombiano de los años sesenta, del siglo XX. Múltiple campeón en lanzamientos, en torneos internacionales y en juegos del ciclo olímpico, formó parte de un grupo de talentos que le dieron brillo a la primera época brillante del deporte colombiano.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director de la Revista Olímpica y Presidente de la Academia Olímpica Colombiana.

En la agitada década de los años sesenta, del siglo XX, Colombia contó con su primera gran generación de deportistas, que hicieron mucho ruido en sus participaciones en el deporte internacional, especialmente en los certámenes del ciclo olímpico, e impactaron, para bien, la pálida historia de nuestro deporte.

Pedro Grajales, Leonel Pedroza, José Gregorio Neira, Flor Umaña, Olga Lucía de Angulo, Elsy Rivas, Juana Mosquera, Isolina Vergara, Julio Arango, Diego Henao,  César L. Quinterio, Jimmy Sierra, Martín Emilio Cochise Rodríguez, Mario Papaya Vanegas, Rubén Darío Gómez, Isidro Herrera, Víctor Mora, José Miguel Corpas, Bernardo Caraballo, Antonio Mochila Herrera y Dagoberto González Pájaro, el gigante de Torices, nuestro invitado en estas líneas, fallecido la semana pasada.

Todos ellos labraron unas historias de gloria, que acapararon los ya extensos espacios deportivos en los medios de comunicación de entonces e insinuaron un cambio, que se empezó a notar después del gran certamen deportivo de la época, los VI Juegos Panamericanos Cali 1971.

Pero todos surgieron gracias a una figura de facto, denominada “generación espontánea”, que no significaba otra cosa que ser atleta de altos logros, como resultado de sus condiciones, su propio esfuerzo, el de algunos mecenas y de sus familiares y amigos más cercanos, y al amparo de Dios, no por políticas de Estado.

Dagoberto González Pájaro nació en 1932, en el barrio Torices, de la Heroica, y se crio en el seno del hogar de sus abuelos, José González y Josefa Valente, quienes remplazaron en su formación a sus padres, residentes en Ciudad de Panamá, y le brindaron una formación derivada de sus convicciones evangélicas, que influyeron en su crecimiento.

Mientras cursaba sus estudios en el Instituto Nariño, en Cartagena, jugó baloncesto, pero fue cautivado por el béisbol, que practicó en un potrero en el barrio Torices, un remanso de paz al pie de la cuesta del legendario Cerro de la Popa, en Cartagena de Indias. Sus 1.90 metros de estatura y sus 100 kilos bien distribuidos le daban un aspecto de gigante y elegante demoledor en el béisbol callejero de su barrio, que lo llevó por bases y carreras como “torpedero”, tras la huella dejada por su ídolo, Pedro Chita Miranda, integrante del primer seleccionado nacional, campeón mundial de béisbol, en 1947.

Su primer equipo aficionado de béisbol fue las Carmelitas, y su primera novena profesional, antes de cumplir los 20 años, fue el Flotanaar, dirigido por Rafael Márquez, en donde se destacó por la potencia de su bateo y un natural poder ofensivo. Después militó en el equipo de la Policía, en donde desarrolló otras capacidades para la pelota caliente, como la  velocidad y la fortaleza para la defensa. Su primera y única participación en un torneo nacional de béisbol ocurrió en el campeonato celebrado en Montería, Córdoba, a comienzos de los años 60, en el cual logró el batazo con el que Bolívar conquistó el título y él, la distinción como el mejor jugador del torneo.

Todo estaba listo para seguir en el béisbol. Sin embargo, entre bambalinas, un personaje histórico para el deporte colombiano lo había venido siguiendo desde hacía mucho tiempo. Era José Domingo El Perro Sánchez, ex velocista cartagenero, uno de los pioneros olímpicos de Colombia, en Berlín 1936, y ahora entrenador de atletismo de Bolívar, quien soñaba que ese poderoso brazo que despedía dinamita cuando giraba el bate del béisbol, hiciera lo mismo, pero para despedir la jabalina o cualquier otro implemento del atletismo. Entonces habló con Dagoberto, en ese momento de 26 años -tardía edad para comenzar en el atletismo- y le propuso que ensayara con la jabalina y decidiera si quería formar parte de los equipos de su departamento, a los torneos nacionales y a los Juegos Nacionales. Con el permiso del subcomandante de la Policía, a la cual pertenecía el equipo de béisbol en el que militaba Dagoberto, El Perro Sánchez hizo la prueba, y el gigante de Torices lanzó el dardo sin ninguna técnica, y dejó atónitos a todos, porque se acercaba a la marca departamental. Sin embargo, El Perro Sánchez le pidió una espera para participar en los torneos locales, que significaba hacer antesala frente a los encopetados atletas de la época, posición que Dagoberto rechazó, porque le había gustado el ejercicio y tenía el impulso para seguir practicando atletismo, sin dejar el béisbol. “Si no me pones a competir, me voy del atletismo, sin haber llegado, siquiera”.

Consciente del talento que tenía Dagoberto, Sánchez decidió hacerle otra prueba, porque tenía la intuición de su versatilidad. Esta vez fue con la bala, que el joven toriceño, gracias a sus potentes brazos de bateador de béisbol, lanzó a casi 11 metros, distancia que superaba la marca departamental y se acercaba a la nacional. Concluyó el estratega que el tiempo de su nuevo descubrimiento era ya. Sin embargo, Dagoberto comenzó en el atletismo, sin dejar por completo el béisbol, aunque con menos intensidad.

Múltiples condiciones

Desde ese instante, la vida de Dagoberto González cambia por completo, porque eran tantas y tan variadas sus condiciones para el atletismo, que en sus primeros tiempos combinó competencias como los lanzamientos y las carreras hasta de 1.500 metros, mezcla poco usual, por las características tan diferentes entre los lanzadores y los corredores. Esta versatilidad lo llevó a incursionar en pruebas múltiples, como el pentatlón.

Dagoberto, en lugar de salir a la escena en los torneos nacionales, lo hizo en el iberoamericano de 1961, en Santiago de Chile, en donde logra un quinto lugar, en el lanzamiento del disco; semanas después, en los IV Juegos Bolivarianos, celebrados en Barranquilla, ganó el oro del lanzamiento del disco, con 46.05 metros, nueva marca bolivariana, y el bronce, en el lanzamiento de la bala.

Después lograría: medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Kingston 1962, en lanzamiento de disco, con 48.66 metros, récord centroamericano y del Caribe; medalla de bronce en el Campeonato Suramericano de Cali 1963, en impulsión de bala, con 14.02 metros; medalla de oro en el Campeonato Suramericano de Cali 1963, en lanzamiento de disco, con 48.84 metros; medalla de bronce en el Campeonato Suramericano de Río de Janeiro 1965, en lanzamiento de disco, con 48.04 metros; medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Quito 1965, en lanzamiento de disco, con 49.75 metros, récord bolivariano; medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Quito 1965, en impulsión de bala, con 14.75 metros, récord bolivariano; medalla de bronce en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan (Puerto Rico) 1966, en lanzamiento de disco, con 48.16 metros; medalla de oro en el Campeonato Suramericano de Buenos Aires 1967, en lanzamiento de disco, con 54.00 metros, récord sudamericano; medalla de oro en el Campeonato Suramericano de Quito 1969, en lanzamiento de disco, con 51.66 metros; medalla de plata, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá 1970, en lanzamiento de disco, con 54.48 metros; medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Maracaibo 1970, en lanzamiento de disco, con 52.08 metros, medalla de plata en los Juegos Bolivarianos de Maracaibo 1970, en impulsión de bala. (Fuente: Comité Olímpico Colombiano, 31 de mayo de 2004).

Sus mejores marcas fueron, en disco: 54.48 metros, alcanzada el 2 de marzo de 1970, en Ciudad de Panamá, al terminar segundo en esta prueba, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, detrás del cubano Bárbaro Cañizares, quien estableció 56.04, y en bala, 15 metros, lograda el 16 de febrero de 1967 en Mayagüez, Puerto Rico.

Dagoberto González se retiró de la alta competencia después de esos Bolivarianos de 1970, cuando tenía 38 años de edad, y se dedicó a trabajar en un club de atletismo en Cartagena, en el descubrimiento y promoción de nuevos talentos. En 1972, un dirigente del atletismo de Puerto Rico le ofreció un contrato como entrenador para la preparación de los atletas isleños, para los Juegos Panamericanos, que se celebrarían en San Juan, dos años después. Dagoberto aceptó y se despidió de Colombia para siempre, porque luego de trabajar 12 años en la formación de lanzadores en Puerto Rico, se fue a vivir a Orlando, Estados Unidos, en donde transcurrió el resto de su vida, al lado de su esposa, Patricia, secretaria ejecutiva en Disney’s World, y de sus hjos Karina, docente, y Mauricio, compositor y cantante de reaguetón. Entretanto, Dagoberto continuó sus labores como forjador de juventudes, al frente de la Hispanic American Sports Association, INC, entidad sin ánimo de lucro, dedicada a forjar atletas desde las más tempranas edades.

En el año 2017 regresó a Colombia, solo con la intención de asistir al atletismo de los Juegos Bolivarianos que se celebraron en Santa Marta. En esa oportunidad tuvimos la ocasión de dialogar con Dagoberto y publicar una entrevista en el boletín de prensa del Comité Olímpico Colombiano, que transcribimos en la siguiente nota de esta edición de la REVISTA OLÍMPICA.