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Ingrit Valencia: la resiliencia hecha mujer

La caucana Ingrit Valencia, medallista de bronce en Río 2016, clasificó este lunes, 11 de marzo, a sus terceros Juegos Olímpicos. El cupo a París 2024 es un premio a la capacidad de lucha de la pionera del boxeo colombiano, que ha sabido convertir las incontables dificultades que la han desafiado, en oportunidades para seguir adelante. 

Foto: Christian Petersen/Getty Images.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director de la Revista Olímpica y Presidente de la Academia Olímpica Colombiana.

Ingrit Lorena Valencia Victoria es su nombre; la resiliencia, su más grande característica, y el éxito, un destino que ha sabido labrar, gracias a la propia vida, que le ha puesto zancadillas y le ha enseñado compromiso, disciplina, actitud positiva, ambición y espíritu indoblegable.

Nacida en Morales, Cauca, el 3 de septiembre de 1988, en medio de la pobreza de un hogar campesino sin padre, pero con Rubiela, una madre valiente, Ingrit fue aprendiendo de la vida todo lo que necesitaba para forjar un carácter fuerte e invencible.

Rubiela decide viajar a Cali, con Yurley y Gerson, sus hijos mejores, y dejar a la mayorcita en manos de sus abuelos maternos, Julio y Aurora, de quienes Ingrid aprendió a cultivar caña de azúcar, yuca y plátano; a cocinar; a cortar leña, y, a pesar de las dificultades económicas, a asistir a la escuela.

Sin embargo Ingrit debió partir al lado de su mamá y hermanos, porque los abuelos se enfermaron cuando ella tenía 10 años. Al poco tiempo sus abuelos murieron y ella quedó sumida en la más profunda tristeza.

A pesar de las limitaciones económicas de Rubiela, en la Sultana del Valle, Íngrit estudió en el Colegio San Miguel, mientras trabajaba en oficios domésticos, los mismos que aprendió al lado de sus abuelos. 

Lo que más aprendió en el colegio no fueron las materias del currículo académico, a las cuales pocas bolas le paró. Lo que más aprendió fue aquello que podría convertirse en un problema: a pelear a puño limpio, porque en el colegio tuvo que volverse agresiva para defenderse de sus compañeros peleadores y “montadores”, con quienes se enfrentaba a golpes, si era necesario, para hacerse respetar, ante sus ofensas e incluso, sus acosos. Por eso, subir al cuadrilátero para ella no fue complicado.

Bautizada La Zarca, por su piel morena y sus ojos de un hermoso y penetrante verde mar, Ingrit empezó a practicar el deporte más masculino que existía, ajeno a las mujeres, y desde el comienzo se sintió en su salsa, por las bases físicas y técnicas  aprendidas en las peleas callejeras y escolares.

A los pocos días de estar entrenando en esa extraña modalidad, Ingrit quedó embarazada. Esta situación la alejó del boxeo mientras tuvo al bebé, a quien bautizó Johan Estiven, que fue un nuevo aliciente en su vida.

Decidió dejar el boxeo para dedicarse a su hijo y al trabajo como cocinera, hasta que un día se vio gorda en el espejo y regresó al gimnasio, pero sólo para hacer ejercicio y bajar de peso.

Sus jornadas laborales eran infernales: como trabajaba como cocinera para un grupo de obreros que construían un edificio en Cali, se levantaba a las 4:00 de la mañana para fritar huevos, pelar papas y yuca, freír plátanos y asar carne, que ella misma les llevaba a los comensales, para recibir a cambio un salario muy bajo, que apenas le alcanzaba para su comida y la de su hijo. Luego de terminar su jornada laboral se iba para el gimnasio, en donde halló un desahogo a las dificultades y se fue entusiasmando mientras veía los resultados que obtenía en sus peleas, inclusive con hombres.

El destino le tenía preparado un instante afortunado para su futuro. En 2010, cuando tenía 22 años, viajó a Ibagué a participar en el Primer Campeonato Nacional de Boxeo Femenino, que era selectivo para los IX Juegos Suramericanos, que se celebrarían ese año en Medellín. Íngrit ganó el cupo y fue convocada  a la selección nacional que participaría en esos Juegos, bajo las orientaciones del técnico del Tolima, Raúl Ortiz, designado como entrenador nacional del conjunto femenino.

Por iniciativa del ibaguereño, la Federación Colombiana de Boxeo les dio la oportunidad a las mejores niñas del Nacional para ir a competir en el Campeonato Suramericano, para ver qué podía pasar con ellas. Y ahí estaba ella, claro, ahí estaba Íngrit Valencia, la mejor pugilista del país.

Luego viajaron a Medellín, en donde Colombia hizo historia como campeón de los Juegos y el boxeo femenino dio su aporte, un bronce, precisamente de Íngrit. Allí empezó a abrirse el camino como boxeadora, de la mano de Raúl.

Así se conocieron y empezaron a hablar. Era una relación entrenador-alumna, pero sabían que había algo más. Se volvieron a encontrar para los Juegos Panamericanos de 2011, en Guadalajara, en donde IÍngrit ganó medalla de plata. Siguieron abriendo puertas para el boxeo femenino aficionado de Colombia, mientras también se abrían sus corazones.

En ese mismo año vivió un suceso que probó su temple. Por orden del entonces alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) llegó hasta al barrio El Jarillón para desalojar a los 12 mil habitantes, muchos de ellos residentes desde hacía más de 40 años. Entre todos se enfrentaron a los gases lacrimógenos, al bolillo y a los empujones, y con palos, piedras, puños y gritos evitaron el desalojo. Y ella formó parte de los activistas más beligerantes, en otra demostración de su carácter y su fortaleza.

En 2012, Raúl e Íngrit fueron al Mundial y decidieron empezar a construir su relación. Como creían que era un amor prohibido, Armenia fue el punto clandestino de encuentro de la pareja. Raúl cruzaba el Alto de La Línea desde Ibagué, mientras Íngrit viajaba desde Cali. Los fines de semana se encontraban en la Ciudad Milagro, para compartir como pareja. A veces Raúl iba a Cali y a  veces, Íngrit a Ibagué. Sin embargo, la relación no era bien vista, pues se trataba del entrenador de la Liga de Boxeo del Tolima, con la figura femenina de la Liga de Boxeo del Valle y no era normal que dos ”rivales” de eventos nacionales tuvieran una relación, y menos un entrenador con una deportista.

Entonces Íngrit decidió estudiar algo en Ibagué, la mejor excusa para viajar una vez por mes y ver a Raúl. Como la relación iba creciendo, empezaron a pensar en formalizarla, pero el deporte que los unió, los separaba: ella seguía con el Valle y él, con Tolima. Fue así como Raúl le dijo a Íngrit: “Negra, organicémonos, véngase para Ibagué, representa al Tolima y buscamos en este ciclo olímpico el sueño de ir a Río-2016”. Luego de pensarlo unos días, Íngrit aceptó y los dos hicieron el trámite legal con los clubes y las ligas. El 2 de febrero de 2013, Íngrit empacó sus cosas y viajó con su hijo, Johan Estiven, a la Ciudad Musical, para iniciar una nueva vida.

Ese año, Íngrit formó parte del equipo nacional a los Juegos Bolivarianos, en Perú, y allí conquistó la medalla de plata, segundo logro grande en su carrera. Recuerda que cuando el juez le levantó la mano llegaron a su mente las imágenes de sus abuelos muertos, de su hijo Johan Estiven, de sus hermanos, de su mamá, del hambre, de las dificultades y de todos los obstáculos que había superado, y pensó que esa era una recompensa más a su sacrificio.

Pero lo ocurrido en Perú era el primer escalón de su brillante ciclo olímpico, porque en 2014 ganó la medalla de oro en los Juegos Suramericanos de Santiago de Chile y, al final del año, la de los Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Veracruz, México. Con ello, ya tenía un palmarés de respeto para los dos certámenes que cerrarían el ciclo olímpico: los Panamericanos Toronto 2015 y los Olímpicos Río 2016.

Y en Canadá ratificó sus capacidades y logró la medalla de oro en su división. Sin embargo, ni a la hora de participar ni a la hora de celebrar halló en su esquina a su esposo y técnico Raúl Ortiz, quien no formó parte del equipo de técnicos.

A su regreso a Colombia sufrió una serie de emociones contradictorias, porque a la felicidad por esa gran conquista y a su casi segura clasificación a los Olímpicos de Río en el 2016 le faltaba el amor de su vida. Entonces cayó en una profunda depresión, porque quería que su esposo la acompañara de nuevo en todos los momentos. Por ello decidió retirarse del boxeo, también para salvar su hogar, porque creía que sus largas ausencias podrían menoscabar la solidez de éste.

Sin embargo, Raúl Ortiz volvió al equipo, con Rafael Iznaga y José Salina, para el trabajo rumbo a los Juegos Olímpicos de Río, y ella recuperó la alegría y el optimismo.

En su estreno en los Olímpicos de Río, Íngrit logró noquear en el tercer asalto a su rival, la africana Judith Mbougnade. En ese momento quedó a un combate de asegurar una medalla.

El 16 de agosto aseguró la medalla de bronce de los 51 kilogramos del boxeo de los Juegos Olímpicos Río de Janeiro 2016 al vencer por decisión unánime de los jueces a la tailandesa y subcampeona del mundo Peamwilai Laopeam. Ahora saldría en busca de asegurarse la plata y pasar a la final, por el oro.

En la pelea por alcanzar la final, Íngrit Valencia perdió por decisión dividida de los jueces ante la francesa Sarah Ourahmoune y se quedó con la medalla de bronce, su más grande conquista de la vida, que cerró un ciclo olímpico ganador.