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Revista Olímpica

Leyendas Olímpicas. El Perro Sánchez: arena, mar, leyenda y brisa

A propósito de los Juegos Olímpicos París 2024 iniciamos la publicación de artículos sobre las más importantes leyendas olímpicas colombianas de la historia. Comenzamos con José Domingo El PerroSánchez, atleta integrante del primer equipo olímpico nacional, que participó en las justas de Berlín 1936.

Por Jorge Uribe 

Periodista de Deporte Gráfico, edición 27.

“Me voy en estos días. Mi familia me llama. Viajo a Panamá”. La voz es fuerte, de un hombre que construyó al cabo una existencia a su manera, como mejor se le acomodaba. Las palabras resuenan en la alta morada y pueblan la habitación donde aún cuelgan, a pesar de estar todo empacado, diplomas, fotografías de otras épocas, menciones honoríficas para el atleta, el dirigente, el organizador. También se amontonan libros. Buenos libros de atletismo, recientes y de hace varios años. No faltará un incunable de la especie entre ellos. Las tarjetas ponen notas vivas en las paredes largas. La casona es grande, el espacio es inmenso. Se podría hacer un ‘pique’ de cien metros, en sus corredores.

La calle del cuartel

Inmensos recuerdos se represan en la vida de José Domingo Sánchez, El perro. Los años se han empalmado en su cabello de penachos blancos y han acerado la luz de sus ojos zarcos. También le han dado profundidad. Es una mezcla de arena y mar, leyenda y brisa.

Suya es esa voz que anuncia el viaje largo  y acaso con fecha incierta para el regreso. Así pues, que se marcha el hombre que de los años 32 al 40, limpió de rivales las distancias de sprinters sobre 100 y 200 metros en Colombia. El mismo que ayudó a ondear la bandera criolla, en las Olimpíadas de Berlín, en 1936, junto con Gutiérrez, Torres, del Vecchio, Navarrete y Juan de Dios Salgado.

La calle del cuartel ha traído por años a José Domingo, en las tardes, cuando el sol lo palmotea en los hombros. La calle sigue de largo hasta embarcarse en el mar. La bordean casas altas, casa viejas, empolvadas de longevidad, cargadas de arrugados balcones, donde aún cuchichean reminiscencias y pernoctan las charlas de los vecinos. Todos son conocidos por generaciones que enhebran hasta hoy un vivir sin prisas, con la vocación irreductible de querer seguir a paso de caracol, matándole el ojo al desfile de los días, con la misma intención con que flotaba por allí cerca, el eterno Tuerto López.

Hemos ido hasta la casona del Distrito Militar, en Cartagena, en esa Calle del Cuartel, para escuchar y volver a ver a ese hombre que llenó de distinciones los primeros tiempos del atletismo nativo. Distinciones para medir una distancia por la sola vocación de correr sin detenerse en los preámbulos de las severas teorías, de las preparaciones metódicas (hoy día científicas), sin ahondar en nada diferente a marcar tiempos, los mejores tiempos para el país y para pulsarse a sí mismo. Ahí sí había prisa, preocupación, ambiciones. La pesadilla del atletismo lo envolvió desde entonces. Primero como obsesión, que no cesó hasta haberle hecho llenar nueve años en los anales. Después, como propósito, convirtiéndolo en mentor, consejero y predicador.

El perro Sánchez será respetado por eso: por iniciador, por investigador natural, por autoridad erudita que comenzó como autodidacta. También será recordado por su magisterio honesto, que lo hace intransigente y vertical.

Cuando este hombre habla, se asiste a una versión emocionante del grado de entendimiento del atletismo en la concepción colombiana. Liso y llano, como la superficie en que se empeñó en correr, vencer y enseñar. 

“Si yo les contara aquella vez en Berlín…”, golpea, con el mismo calor con que debió sentir entonces los estrujones  del espléndido espectáculo, en ese escenario inmenso, donde un negro, Jesse Owens, humilló al anfitrión blanco, despedazó marcas y extrajo cuatro medallas de oro.

“El mismo calor, idéntico énfasis como cuando defiende la necesidad de sentir íntimamente el orgullo de saber ser colombiano. Todos los sábados en la tarde, se cumple, con fervor de rito, una concentración de amigos viejos en la casona de José Domingo. Seguirá siendo el hermoso ceremonial hasta cuando se marche. 

«Precisamente llegamos allí en una tarde de sábado. Esas reuniones son un alambique donde se deslizan, como vinos añejos, recuerdos del mejor mosto.

“Fuimos, pues, invitados a rememorar sus andanzas desde cuando se lanzó a correr, por pura intuición personal, en la manga estirada frente al Pastelillo, después de cansarle el béisbol, mortificado por su escasa potencia ofensiva cuando el turno lo llamaba al bate. Jugaba bien en su posición de jardinero izquierdo, y no había nadie más veloz para llegar al safe o ‘estafar las almohadillas’. Esos 1,80 metros de estatura para sus 81 kilos, constituían un torbellino físico imposible de aventajar, e inmejorable elemento motriz para la carrera.

Había jugado de 1925 a 1932 en el equipo Águila de los Guaniperos. Al lado de Antonio Suárez Herrera, Pedro Herrera, Raúl Vargas Vélez (un primera base catalogado aún hoy, excepcional para todos los tiempos), Elías del Valle, Antonio Lorduy y Viroli Gómez. Esa tribu dio mucho palo en su época. Inspiraron una cancioncilla con estribillo:

Son, son los guaniperos

que no se salen de liga

si no ponen nueve ceros.

Todos eran muchachos de 19 y 20 años; los tres primeros se hicieron médicos (Herrera falleció); los restantes eligieron otros caminos. Gómez fue baterista de Lucho Bermúdez.

Dejó el bate y el calzón a media pierna. Tiró la cachucha clásica. Se fue a las mangas, a correr contra el viento, contra la soledad, contra nadie. Descifró su vocación, respondiendo a un llamado aguantado largo tiempo.

Después de improvisarse como principiante solitario, José Domingo se hizo docto en la especialidad: libros, consultas, conferencias, seminarios y correspondencia copiosa, lo llevaron a profundizar en las ramas de este deporte. Aún conserva aquel volumen How to sprint, una de sus primeras cartillas, suministrado por Teófilo Barbosa, consejero ocasional en los primeros tanteos. Se llenó de preciosos conocimientos que más tarde habría de verter, a manos llenas, con generosidad sin límites, donde quiera lo requerían.

Por ello vale José Domingo. Por su prodigación en función y beneficio de todos los que le han buscado. Por eso, su abrirse paso en provecho de los otros, dejando como señal apenas, los 11 segundos clavados para el tiro de 100 metros.

¿Y por qué Perro?

El abuelo llegó a las Islas Labrador. Garboso, ojos azules. Sentó plaza en esa tierra de promisión espiritual. El padre, cartagenero, no protagonizó sucesos. Investigó la manera de vivir: llegó a los 92 años.

José Domingo es hijo único. Nació el día de San José, en 1906, en el ‘barrio de la mala crianza’ (hoy Getsemaní). Para acristianar el extraño mote, los vecinos bautizaron la calle como ‘Calle del Espíritu Santo’.

Ya en el colegio, doblaba a los demás corriendo. En el barrio fue lo mismo. En las playas, igual.  Pronto, la imaginación popular, vagabunda y antojadiza, encontró la imagen: ‘corre como un perro’. El futuro instructor de la Universidad Nacional, quedó marcado desde entonces. No le molesta el apodo: le arranca una sonrisa irónica.

José Domingo Sánchez apareció en las pistas nacionales en 1932, con ocasión de los Juegos Nacionales, en Medellín. Había entrenado dos meses y medio, sin método alguno. Ganó los 100 planos, con 11 segundos flat. Compitió también en 200, 400 y las postas corta y larga. Fue el comienzo. A partir de entonces empezaría su reinado, que duraría hasta 1940, en las pistas del país.

En los juegos olímpicos de 1936, en Berlín, clasificó en la primera serie eliminatoria de 100 metros. Fue eliminado en la primera serie de 200. En esta última, compitió al lado del suizo Hieny, el hombre de los 21.2. Presenció la múltiple hazaña de Jesé Owens, ganador de las medallas de oro en 100, 200, la posta de 4 por cien y el salto largo.

En 1937, asistió a los Juegos Atléticos Panamericanos, en Dallas, Texas.

Compitió en Balboa, Panamá, en un mitin organizado en 1941 por el Colegio Zona del Canal. Perdió en 100 metros y empató la final de 200”. Jorge Uribe, Adiós Perro Sánchez, Deporte Gráfico, número 27.