En esta oportunidad recordamos al pionero del automovilismo deportivo colombiano, el cundinamarqués Luis Rafael El Ganso Garzón, el primer compatriota que, con escasos recursos, se atrevió a viajar fuera del país, para competir con los mejores corredores de los años 50, en el mundo. El Circuito Central Colombiano, la más importante carrera de autos en los años 50, del siglo pasado, lo consagró como el mejor.
Por Alberto Galvis Ramírez
Director de la Revista Olímpica y Secretario de la Academia Olímpica Colombiana
Automovilista nacido en Guasca, Cundinamarca, Luis Rafael Garzón, apodado El Ganso, es considerado pionero del automovilismo nacional, porque las primeras incursiones en el exterior, las realizó sin ayuda de nadie y con los conocimientos que había adquirido como mecánico automotriz, en el pueblo de su infancia y juventud: Usaquén, al norte de Bogotá.
Su primera competencia fue internacional, Quito-Caracas, en 1950, que corrió para matar su goma por los autos y para emular a quienes admiraba, los corredores argentinos, en particular Juan Manuel Fangio, quien ese año sería el primer campeón de la Fórmula 1, antesala de las cinco conquistas que lograría.

En 1953, con el único antecedente de haber ganado en el 52 la carrera más importante del automovilismo colombiano, el Circuito Central, tuvo la oportunidad de conocer al astro argentino durante una competencia en México, en la cual terminó 19º, sin acompañantes ni ayuda de ninguna clase.
Para viajar a esa primera gran participación internacional y competir al lado de los astros de América, Garzón organizó un bazar y empeñó los trofeos que tenía. Viajó a Nueva York, en donde compró un auto con el cual se dirigió a Indianápolis, meca del automovilismo de Estados Unidos, en donde adquirió 20 llantas, las introdujo en el baúl e inició un viaje por las ciudades que serían metas de la carrera mexicana, en donde las dejó para aprovisionarse en la medida en que iba pasando por ellas. En esa primera carrera, el Ganso Garzón estuvo asistido por William Gribling, quien fue considerado por él, como el mejor compañero que tuvo en su vida deportiva. La prueba mejicana de 195 la pudo terminar en un puesto intermedio.
Ese mismo año participó y ganó la Doble a Sogamoso, en la categoría “acondicionado”, y cerró la temporada con una importante victoria en la Doble a Girardot, corrida en el mes de noviembre.
En 1954, gracias al nombre ganado en su primera incursión en México, corrió la competencia, patrocinado por la firma SIC, pero no pudo culminarla. Ese año vuelve a ser segundo en el Circuito Central Colombiano, gana la Doble a Barranquilla, los 500 kilómetros y, una vez más, la Doble a Sogamoso.
En 1955 vence en la Doble a Melgar, en el Circuito de El Campín, en el Circuito 13 de junio y repite en la Doble Barranquilla-Cartagena.
En 1956 obtiene cinco victorias, a saber: Premio de Montaña, Circuito 13 de junio, Circuito Ciudad de Cali, Circuito El Campín y Circuito de San Diego. Es, además, segundo en el Rally de Los Andes. Termina la temporada como subcampeón en la Vuelta República de Ecuador.
En 1957, obtiene un importante triunfo en el Primer Circuito Ciudad de Cali.

Ser alguien: su única meta
En 1966, diecisiete años después de haber comenzado su carrera como pionero del automovilismo colombiano, el corredor cundinamarqués hizo un emotivo balance de su vida: “En el vaivén del tema, los recuerdos se atropellan constantemente en su memoria. Entre ellos vienen sus primeras carreras, ‘cuando aún no tenía un nombre’, llenas de dificultades económicas, con la única meta de vencer limpiamente, de ser alguien en ese mundo de tierra, piedras, llanto y velocidad suicida. No importaban los caminos de herradura y el cúmulo de contratiempos que entonces suponían.
“’¿Qué cuanto cuesta mi carro? ¡No! Creo que se pueda valorar. Desde cuando empecé he corrido en él -dice-, solo que hoy es una cosa diferente, pues durante todos estos años, lo he remodelado y perfeccionado continuamente, hasta obtener una máquina de unos 400 caballos de fuerza y una velocidad máxima de 220 kilómetros’.
“’Inicialmente, con mucho sacrificio, compré dos coches iguales y de ellos hice uno’” […]
“El Ganso ya no conoce el miedo tras el volante. ‘Esas épocas ya pasaron’ (dice). Ahora hay más cancha, más costumbre. Lo único que no ha quedado atrás es el gusto de comer dulces durante las carreras. No escucha la radio, ni toma pastillas, o trago, como otros competidores. Cada una es una tensión tremenda, un mirar el pavimento, centímetro a centímetro, pensar en las llantas, en la bomba, en los minutos, segundos y décimas, en el gas. (1) Germán Castro Caicedo, Deporte Gráfico, número 21, del 14 de diciembre de 1966.

“No tiene espíritu de viejo”
Luis Rafael Garzón, fue un hombre sencillo aunque de finas costumbres, según lo recordaba su señora, Nina: “Dentro de su sencillez extraordinaria, Luis Rafael Garzón es amante de las cosas finas y cuando sale de viaje, aunque no tenga para regresar, siempre trae a su esposa un regalo de calidad. Admira a sus rivales y ‘como negociante es muy malo, por ser muy humano en sus cosas. Le gusta que le digan Ganso, nunca está de mal genio y, una cosa muy importante: no tiene espíritu de viejo’” (dice su esposa). (2) (2) ídem.
El Ganso Garzón compitió en el automovilismo colombiano hasta 1963, cuando decidió retirarse, según él cansado de gastar dinero en su afición y recibir sólo críticas de un sector de la prensa y de compañeros.
A partir de entonces se dedicó a la mecánica automotriz, a cultivar perros con los cuales salía los domingos de cacería por la Sabana de Bogotá, a armar y desarmar radios, a construir muebles, a oír música y a leer sólo las tiras cómicas de los diarios.





























