El 7 de septiembre de 1972, Clemente Rojas Morales, un sencillo boxeador cartagenero, ganó la segunda medalla olímpica para Colombia, primera del boxeo nacional. Hoy recordamos a este héroe y celebramos con él las bodas de oro de su hazaña*.
Por razones de peso, el destino ordenó, desde su nacimiento, que el boxeo era el deporte de Clemente Francisco Rojas Morales.
Su padre, Martín, era practicante y entrenador de la viril disciplina, en su natal Cartagena, igual que el hermano mayor de Juana, su madre, Camilo, más conocido como “Camilito”, director técnico de las figuras cartagenera de los años cincuenta y sesenta, entre estas últimas, el ídolo nacional Bernardo Caraballo.
Por eso, cuando Martín y Juana se radicaron en Barranquilla, Clemente, que tenía dos años (nació el primero de septiembre de 1952 en la capital de Bolívar) aprendió a hacer sombras y movimientos de boxeador, enseñados por su padre y por su tío, cuando éste venía a visitar a Juana.
De niño, cada domingo, frente a su casa en Barranquilla, Martín ponía los guantes y “cuadraba” peleas entre niños de estatura, peso y edades parejas, entre ellos su hijo Clemente. El medallista olímpico recuerda que había una foto en el álbum familiar, tomada cuando cumplió cinco años, en la que aparece en guardia, frente a frente, con un rival de entonces llamado Emiliano Villa, quien después fuera ídolo del boxeo barranquillero y disputara dos veces el campeonato mundial.
«Yo no tomé el boxeo en serio. Entrenaba por recocha con mi padre, porque me gustaba, pero no porque pensaba tomarlo como el deporte de mi vida», confiesa Clemente, quien reside desde más de 30 años en Miami (Estados Unidos), al igual que sus seis hermanos, todos menores que él.

El boxeo lo atrapa
Mientras estudiaba bachillerato, también le gustaba el fútbol, y como centrodelantero del equipo Deportivo de Oro, inscrito en la categoría juvenil del torneo del barrio San Isidro, se destacó perforando redes contrarias.
Pero una vez hizo un pare en el fútbol, porque se acercaban los Juegos Nacionales de Ibagué, en 1970, y le pareció atractivo viajar por conocer esa ciudad. Clasificó y, entonces, el viajar y conocer a través del boxeo, lo atrapó. Le gustó compartir en los hoteles de concentración y en los aviones con amigos, entre ellos, el de su infancia, Emiliano Villa.
Pero un boxeador vallecaucano se convirtió en su verdugo y no lo dejó brillar, Silgilfredo Moreno, quien le ganó en cuatro oportunidades en cuantos torneos nacionales, intercambios o topes se enfrentaron. Cada vez que subía al ring para medirse al vallecaucano, Clemente salía derrotado, sin mayor resistencia.
En 1971 hubo un campeonato nacional de mayores en Bogotá, y Rojas se dijo así mismo que era la oportunidad del desquite. Para ello se preparó como nunca. Todas las mañanas se levantaba primero que todos a correr para tener fondo y jamás cansarse. En el gimnasio, por las tardes, le pedía al entrenador que lo exigiera a fondo y le pusiera sparrings patners, con el estilo de Moreno. Se preparó casi que exclusivamente para él. Y la recompensa llegó: levantó el oro, luego de derrotar a Silgilfredo Moreno.
Pierde y recupera cupo a Olímpicos
«Al año siguiente, en las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de Munich, le gané más amplio, le di una ‘limpia’, con orquesta y todo. Sin embargo, los jueces le levantaron la mano a Moreno. Socrátes Buenaventura Cruz, el entrenador cubano, dijo que era yo el verdadero vencedor de esa pelea, y así pude ir a Alemania como representante colombiano del peso pluma», recuerda.
Durante la preparación y en Alemania, su compañero permanente era su “hermano”, así lo considera él, Emiliano Villa, clasificado en welter ligero, el amigo de la foto de los cinco años. Pero sus compañeros de habitación eran Alfonso Barragán, el peso mosca, y Bonifacio Ávila, el mediano ligero.
«La preparación a los Juegos Olímpicos fue la que mejor tuve en mi carrera. Fue dura, todo el tiempo. Se nos preparó en todos los sentidos, con entrenadores, sparrings, sicólogos, médicos. En fin, como nunca lo había hecho ninguna selección Colombia de boxeo, recuerdo de Cali, donde permanecimos la mayor parte de tiempo concentrados, por los fogueos y las carreras en campo abierto».

“Munich, el mejor regalo del Señor”
Su cumpleaños 21 lo pasó compitiendo en Munich, experiencia que califica como ‘el mejor regalo de El Señor’. Allá tuvo la oportunidad de ser testigo de la masacre a los atletas de Israel por parte de un comando palestino. «El edificio de ellos (los israelíes) quedaba al frente de donde nos alojábamos nosotros. De pronto escuchamos disparos y luego apagaron las luces y no se veía nada, solo el ‘chispoteo’ de la candela por las armas. Aquello fue muy triste, pero no nos quitó a colombianos el deseo de ganar una medalla cada uno en el boxeo», relata.
Colombia tenía siete boxeadores: Prudencio Cardona, peso mosca ligero; Eduardo Barragán, mosca; Calixto Pérez, gallo; Clemente Rojas, pluma; Alfonso Pérez, ligero; Emiliano Villa, welter ligero; y Bonifacio Ávila, mediano ligero. Socrátes Cruz era el entrenador y Orlando Pineda, un cartagenero que como boxeador era del grupo de Bernardo Caraballo, era el asistente técnico. El entrenador estadounidense Sidney Martin se había ido del país antes de los Juegos.
Hasta la suerte lo acompañó
Clemente fue uno de los 45 peleadores inscritos en el peso pluma. La primera ronda lo favoreció el sorteo y pasó sin combatir a la segunda. Ahí debutó con el canadiense Dale Anderson, a quien venció por decisión de los jueces sin discusión, aplicando golpes rectos y movimientos a los costados para evitar ser blanco de una mano rival.
Luego, en tercera ronda, el búlgaro Kountcho Kountchev, no se presentó ál combate (se dijo que presentó problemas de salud tras su victoria, pero hubo otra versión alrededor de que se había excedido de peso). De esa manera, el colombiano quedó a un triunfo de asegurar medalla de bronce, y su rival era el español Antonio Rubio.
«Rubio era rápido y boxeaba. Yo lo contragolpeaba con ganchos. Él me cometió faltas de manera repetida y lo descalificaron en el segundo asalto. Yo estaba tranquilo, porque quería ganar un metal más fuerte».
En semifinal, su oponente fue el keniano Philip Waruinge, ganador por un fallo polémico, como casi todos los de boxeo de esos Juegos, en contra de peleadores latinoamericanos, exceptuando los cubanos.
«Salí golpeando rápido, a boxear y contragolpear. En el tercer asalto casi lo noqueo, pero una ‘rosca’ impidió que me dieran la victoria. A Colombia no la conocían en el boxeo en ese tiempo y no podía pasar del bronce», dice, el otro que le dio a Colombia la tercera medalla olímpica en esos Juegos y en la historia (días previos ganó plata el tirador barranquillero Helmut Bellingrodt y horas previas obtuvo bronce su compañero, el ligero Alfonso Pérez).
Héroe de Barranquilla
Clemente recuerda el recibimiento en Bogotá, con las autoridades nacionales, y por la tarde en Barranquilla, en un carro del Cuerpo de Bomberos, recorrido multitudinario que terminó en su casa de El Bosque, un barrio populoso y el más grande de la ciudad que se había iniciado como una invasión.
«Todo fue honor. Pasé a convertirme en un héroe del deporte en Barranquilla y Colombia. Pero yo me sentía el mismo Clemente Rojas que andaba con Emiliano Villa y que le gustaba caminar por las calles de la ciudad donde crecía y jugaba fútbol. Claro, que entendí, una vez más, que el boxeo era lo mío».
No quiso irse enseguida al profesionalismo y siguió como aficionado. Acumuló en su carrera tres títulos nacionales y, además de la medalla olímpica, cuatro preseas internacionales de plata: en el torneo Centroamericano y del Caribe, en República Dominicana; en los Juegos Bolivarianos, de Panamá; en los Juegos Ponceños, de Puerto Rico, y en otro Centroamericano y del Caribe, en México.
Con 128 triunfos contra 7 derrotas, según su registro, dos años después de la medalla olímpica debutó como profesional en Cartagena, noqueando en dos asaltos a Rigoberto Pertuz, el 29 de septiembre de 1974. En la tercera pelea, el 27 de ese año en Bogotá perdió por decisión, en el peso ligero, frente a Rafael Piamonte.

“Se aprovecharon de mi nombre”
Después consiguió cinco triunfos al hilo, todos en 1975, el último sobre el ex retador mundial Enrique Higgins. Pero tres derrotas consecutivas, una de ellas en Panamá, le bajaron sus acciones. Sus triunfos no fueron constantes y en dos temporadas no combatió (1978 y 1980). Entre 1979 y 1982 hizo tres peleas y fueron tres derrotas, incluso una en Panamá frente al prospecto local Rafael Williams.
Entonces se fue a Miami y combatió y empató con Fernando Martínez en ese 1982. Luego fueron siete derrotas, una tras otra, incluso una frente al futuro campeón mundial Billy Costello, de Estados Unidos.
«Se aprovecharon de mi nombre, de ser medallista olímpico y me perjudicaron en las decisiones (la marca que figura en libros es de nueve triunfos, 14 derrotas y 3 empates). Mi esposa en Barranquilla, María Teresa Mora Reina, me dijo que si quería coger un mal golpe y dejar sin padre a sus cuatros hijos”.
A Clemente, hoy, la familia se le creció. Además de los cuatro hijos en Barranquilla se le unieron tres nietos.
Surge la Dinastía Rojas
Rojas sigue en Miami, en donde trabaja en mantenimiento en una empresa, y siempre tiene cerca su medalla olímpica, la misma que motivó que naciera la Dinastía Rojas, conformada por sus hermanos y hermanas, todos boxeadores, incluyendo Baby Sugar, que fue campeón mundial profesional en 1987.
«La dinastía dio mucho de qué hablar. Mi padre Martín (quien murió en el 2010) fue un entrenador cotizado. Mis hermanos Martín e Idabeth, aunque no llegaron a campeones mundiales, sí fueron titulares nacionales. Además, mi hermana Candelaria fue figura. Baby Sugar, uno de los menores, se lució como profesional con un título mundial y elevó la bandera que yo levanté como uno de los primeros en Colombia», remata Clemente.
*Reportaje publicado en el libro Colombia Olímpica I, del Comité Olímpico Colombiano, en 2011.





























